E. Manet, Retrato de Jeanne Duval
El sol agobia la ciudad con su luz recta y terrible; la arena deslumbra y el mar espejea. El mundo, aturdido, se hunde cobardemente y duerme la siesta, una siesta que es una especie de muerte sabrosa en que el durmiente, amodorrado, disfruta el placer de su anonadamiento. Sin embargo, Dorotea, fuerte y orgullosa como el sol, avanza por la calle desierta, único ser viviente a esta hora bajo el inmenso azul, y forma sobre la luz una mancha brillante y ne
All rights reserved