Un rayo de luz de luna perforó el anubarrado ventanal sin requerir permiso, despertándome de sopetón. Y allí estaba ella: tan redonda, tan hermosa, tan deslumbrante, tan luna llena. Y yo, que no soy nada a su vera, me vuelvo ridículo. Al cabo, como buen caballero, le devuelvo un suave gesto, enarbolando una sonrisa esquinada. Y, como buen rufián, le espeto un guiño de galán.
El tren de la esperanza sigue su recorrido vadeando un mar de letras, colores y mimos, hasta que un oscuro corredor
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