Antes de que existieran nombres para ello, el mundo ya sangraba.
No lo hacía de forma visible, ni con heridas abiertas. Sangraba por grietas invisibles, por lugares donde la realidad se había adelgazado demasiado. Allí donde lo que no debía cruzar aprendió a hacerlo.
Al principio fueron rumores. Sombras donde no tocaban. Animales nacidos con demasiados ojos. Voces que respondían desde la tierra.
Luego vinieron los engendros.
No eran demonios, ni bestias, ni castigos divinos. Eran excesos. Restos de algo que había pasado sin permiso, sin orden, sin control. El mundo no sabía cómo expulsarlos, así que hizo lo único que podía hacer: adaptarse. Los dioses no descendieron. Los reyes no entendieron. Los ejércitos murieron inútiles. Fue entonces cuando surgieron las marcas.
All rights reserved