El invierno era arrollador, alevoso, álgido, aturdidor, abrumador, atrevido...
Y Él, era cálido, apacible, inspirador, agridulce, abrasador, infalible.
Era como el verano o quizás, la primavera.
Era el antídoto y a la vez, el cáncer.
Era todo lo que se me antojaba, pero que al mismo tiempo no me atrevía a degustar.
Era el fuego, en medio de la ventisca, que ardía propagándose sin vergüenza alguna.
Era un puñado de problemas, pero no podía negar la paz que sus ojos oceánicos brindaban.
Era torre fuerte, victoria, gloria en dosis puras.
Era luchador hasta que sus fuerzas se limitaban, pero eso nunca lo vi...
Al menos, no lo hice hasta ese día y aunque estaba consciente de lo que sucedía, la resolución del hecho me mataba. Lo sabía, pero solo hasta vivirlo, lo entendí: todo verano acaba, y allí, a la puerta, estaba el jodido otoño...
Más cerca de lo que pude haber esperado.
Más cerca de lo que pude haber querido.
Más cerca de la gélida ruina, a la que tarde o temprano, sabia que iríamos a parar... O que, al menos, lo haría yo.
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