El pequeño Nael Piesplanos, de doce años de edad, escucha embelesado cómo su tío le recita la canción de la Torre Inacabada. Contarle historias es la única forma de que el nervioso chiquillo se quede sentado y coma tranquilamente su sopa de col. De lo contrario, engulle la comida como un pavo, casi sin masticar, para irse a la calle otra vez con su espada de madera. Los pies le cuelgan de la silla y los mece delante y atrás. Ni siquiera parpadea porque la historia le parece lo más interesante qu
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