Sinopsis
Mediados del siglo XIX: el científico Alan McBurney, profesor de Física de la Universidad de Edimburgo, se propone llevar a cabo un audaz experimento desde la colina de Arthur’s Seats: viajar por el aire en una cápsula de su invención, el Waverley Mist, propulsada por vapor. Creyendo que arribará a la costa francesa, para su asombro, aterriza en un poblado kiowa del suroeste de Oklahoma, donde está celebrándose la tradicional ceremonia de la Danza del Sol. Por fortuna para el escocés, su presencia sólo es advertida por una joven india, a la que regala el tartán familiar como agradecimiento por no traicionarle. Ante las averías que evidencia su máquina viajera, el profesor abandona el poblado sin ser capturado, decidiendo regresar a su país por barco desde Nueva Orleans. A su vez, los indios, guiados por el hechicero de la tribu, descubren el enigmático objeto metálico que ha aparecido de entre la niebla y lo convierten en su tótem. Simultáneamente, una columna de soldados de caballería avanza hacia la aldea para firmar un histórico tratado de paz con los kiowas. La acción avanza hasta 1949 y se sitúa en la Universidad de Cameron, Oklahoma. Broderick McBurney, sobrino bisnieto del profesor McBurney, acaba de asistir a una rueda de prensa. El motivo: mientras se realizaban unas obras de edificación en un antiguo poblado kiowa, se ha encontrado una extraña cápsula en la que aparecen documentos pertenecientes a su tío bisabuelo y fechados un siglo antes. Salto en el tiempo hasta 1939, cuando Broderick averiguó, leyendo el diario de su tío bisabuelo, secreto de familia revelado por su madre, que éste construyó otra cápsula 8 años después para desplazarse en el tiempo hasta 1719 con el propósito de advertir al legendario Rob Roy de que cuidara sus espaldas en la batalla de Glenn Siel. Una frase incompleta, la última consignada en el diario, da a entender que este experimento de viaje en el tiempo fracasó. De nuevo, volvemos a 1949. La visita de McBurney al moderno poblado donde se ha encontrado la cápsula-tótem de su tío bisabuelo le revela una información inolvidable: junto al tartán de los McBurney, contempla inaudito el tartán del clan de los McGregor, prueba indiscutible de que el científico no solo logró cumplir su misión en aquel segundo viaje, sino que además emprendió un tercero de vuelta a Norteamérica, aunque cien años antes de su primera visita a los kiowas, tal vez con el objetivo de que el emblema de su admirado Rob Roy cruzara también al otro lado del Atlántico.
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