De momento seguimos pagando, porque nos tienen bien pillados.
Hubo una época feliz en la que comprabas un CD, un juego, un Word 2003, un Photoshop, y aquello era tuyo "para siempre", o hasta que cambiabas de ordenador o de gusto musical.
Ahora pestañeas y descubres que todo es una suscripción: pelis, series, música, gimnasio, coche, cuchillas de afeitar, comida para el gato, cursos, IDEs, suites de diseño, servidores... y, si te descuidas, tu propio sofá te cobra por respirar a su lado.
El rollo corporativo llevaba años sonando muy profesional: "esto no son gastos, son servicios", "paga solo por lo que usas", "es el paso natural de CAPEX a OPEX". En el PowerPoint quedaba estupendo. En la práctica, estás a final de mes con la tarjeta temblando, mirando la lista de cargos y pensando: "¿quién carajo es este señor que me cobra 7,99 todos los meses desde 2021 y por qué le sigo invitando?".
Voy a hablarte sobre esto: la fatiga de suscripciones, de cómo hemos pasado de alquilar pelis a alquilar la vida entera, del momento glorioso en el que BMW intentó cobrar suscripción por tener el culo caliente, de la "enshittification" que describe Cory Doctorow, y de qué se puede hacer más allá de resignarse y llorar delante del extracto del banco.
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