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10106 results found for tag:"prosa".
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Que piense algo
08/25/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/Q/quepinsal.pdf Que tiempo de sobra tendré por las mañanas, en el ministerio, sin otra cosa que me pueda distraer mas que “tus aburridos expedientes” – dice ―, de discurrir una situación mediante la que “tanto si te quieres mantener en la idea de que discutamos por una cuestión tan baladí como lo es el que tú sostengas que nuestra protagonista es una mujer sencilla que ataviada con su delantal y sus guantes de fregar alza la voz con la mano apoyada en el picaporte de una puerta entreabierta para preguntar no sé qué a un esposo aburrido que colecciona sellos en batín con borlas en tanto que yo , tanto si es porque tú así lo deseas como porque crea yo sinceramente que resultaría sin punto de comparación más sugerente, pero allá tú, yo no quiero influenciarte, insistiré en que los guantes sean largos y de terciopelo cuando ella cierre la puerta con sigilo, suavemente, con cuidado de no despertar al marido (enfermo tal vez, y anciano e inmensamente rico) al que ha administrado un somnífero o quién sabe si no arsénico o cianuro antes de fugarse con su amante como si lo que prefieres es algo de índole más intelectual y que nuestra conversación se centre en aspectos psicológicos, caracterológicos o incluso temperamentales de los personajes dando, todo ello, lugar a un argumento de menos acción, es verdad, pero contenido más filosófico y, por tanto, también posiblemente de más calidad literaria” podamos, sin apasionamiento y muy serenamente, plasmar negro sobre blanco nuestros desacuerdos. Pero que, tanto si es conservando la postura, la situación, el tono, la actitud y el atavío tanto de la esposa como del marido que yo defiendo como si lo es manteniendo aquellos por los que aboga él y que darían a “nuestra Camelia” — dice — un aspecto de mujer más de mundo y con más clase y más esbelta aunque también y por supuesto bastante más perversa pero él — insiste — no quiere influenciarme, lo que no tengo que perder de vista es que la protagonista “es ella, no yo”; y que deje por tanto de hacer mención constantemente a qué él dice, y cómo lo dice, y cuándo lo dice, y por qué lo dice… – ¿Te estás enterando? ― me pregunta. – Sí. Y zanja el tema con que pues entonces “¡Hala!”, y que ahora, si no me importa, será mejor que por hoy lo dejemos… Le digo que sí, que claro, además tú tenías prisa. Dice que no, que no tiene nada que hacer, que lo dijo nada más para que no tuviera que ser yo quien dijese “me tengo que marchar”, porque entonces a lo mejor me sentía obligado a explicar que es que iba otra vez a casa de Ramírez alegando que era por el tema de la papiroflexia pero que… – ¿Qué? ― pregunto. – No, nada… Además ― añade, tras pensárselo un poco ― me parece bien que te estés empezando a encariñar un poco con… ¿Cómo quedamos en que se llamaba? – ¿Camelia? – Sí – Sonia. – ¿Sonia ― él; y alzando levemente una ceja ―: eh? – Sí ― yo ―; pero si prefieres que lo discutam… – No… – ¿De veras? – Sí; sí. De veras. Es sólo que… – ¿Qué? – No; nada. Y se queda como pensativo, un ratito, tabaleando sobre el mármol otra vez y volviendo a inflar los carrillos para soplar después el aire emitiendo otra especie de brrr; luego se pone de pie y dice “bueno, pues venga” y que “Sonia, sí; puede estar bien” pero que, a él, “en fin tú verás, ya te he dicho que yo no quiero influenciarte”, le parece que no vamos a estar hablando de la de las… – ¿“¿Sandalias”, dijimos? – Boquerones ― le corrijo. – Vale. Que no sé para qué me esfuerzo en ser preciso cuando él acepta la rectificación sin rechistar, como si le estuviese importando un comi… Pero que ― en conclusión y no fuera a ser que la terminásemos liando, tan más o menos encauzada que la cosa iba ―, aunque él habría jurado que eran salmonetes, lo que de verdad le preocupa es que tiene todo el rato la sensación de que estamos hablando de la otra. – ¿Qué otra? ― le pregunto. – La de las botitas ― me contesta. Y cuando le intento refrescar la memoria dándole detalles precisos de la página y el párrafo exactos en que él, él solito y sin contar con nadie, la había olvidado, me contesta con mucho desparpajo que él es un simple mortal, un pobre ser humano imperfecto e incapaz de llevar todos sus olvidos en la cabeza; y que para eso estoy yo que para eso soy el escritor y el obligado a asumir la responsabilidad de que él ― “pero sólo si las circunstancias lo exigen”, dice, y que tras haberlo reflexionado con calma y bien argumentado porque no tiene ganas, dice también, de andar deambulando y dispersándose de acá para allá para que luego vaya a resultar que me atasque o me líe y le termine diciendo que lo siento mucho “pero te la tienes que quitar de la cabeza definitivamente” ― olvide o recuerde lo que fuere menester o más conviniera a nuestros objetivos. Y es justo en ese momento cuando sin haber albergado la más leve sospecha de que semejante cosa pudiera suceder, sin esperarlo ni saber a dónde me... Versaciones
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2308255140655
Lo más habitual es que el director fuese nuevo
08/25/2023
Felipe Granados
http://valentina-lujan.es/L/lomasabit.pdf atendiendo al criterio de que un recién titulado sin experiencia ni currículo estaría más capacitado para adecuarse a “nuestro” ― proclamaban arrogantes los veteranos dándose golpecitos con el índice en las condecoraciones que adornaban sus solapas y eran la prueba irrefutable de que habían superado con éxito tu transitar por las siete versiones precedentes ― ancestral y mil veces homologado sistema docente de lo que jamás cabría esperarse de un doctor en esto y en lo otro experimentado y engreído que, con un fajo de dosieres bajo el brazo, haría todo lo posible por establecer quién sería capaz de imaginar qué revolucionarios cuando no abiertamente perjudiciales métodos pedagógicos.
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2308255140594
Se mostraría reticente a tal eventualidad
08/25/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/Y/ysimiamse.pdf Y, si mi amigo se mostraba en verdad en desacuerdo y yo no lograba persuadirlo de que un personaje con el que no se había contado previamente podía representar un abanico de posibilidades inesperadas susceptibles de proporcionar quién sería capaz de imaginar cuánto juego, me encontraría con que había introducido un elemento no del todo extraño (pues doña Isidora era sin duda una mujer corriente, con el cabello rubio un poco tal vez ensortijado y de mediana estatura) pero sí alta, muy altamente perturbador en el supuesto de que no fuese ni tan de mediana edad (o incluso de estatura) ni tan aficionada a la repostería sino (y eso sería lo peor de todo) no el repartidor de guías telefónicas o empleado de alguna empresa suministradora de energía que pretendiera no algo tan inocente como leer el contador del gas como se sugiriera en párrafo segundo de pie de página nº 2 de la página 1 sino, que por qué no y una vez “puestos a dejarnos” ― mi madre, que lo dijo en el tono demoledor que gusta utilizar para ridiculizarme al que ya creo haber hecho mención en alguna otra parte de esta mi magna obra ― asaltar por sorpresa por elementos perturbadores, descerrajar, empuñando una pistola con cachas de nácar, un par de tiros en la barriga de Soni… − ¿Sonia? ― saltó Sonia ― ¿Iba a escribir “un par de tiros en la barriga de Sonia”? −Sí hija ― mi madre, que mira que le tengo dicho, suplicado incluso, que a mí me destroce la vida todo lo que le dé la gana pero que, por favor, se abstenga de interactuar con mis criaturas ―, en su barriga; pero este hijo mío, que a quién habrá salido, tiene tan mala puntería que ya veremos dónde y a quien da. − En un meñique, por ejemplo ― sugirió la fisioterapeuta ―que si además es de la mano derecha de algún zurdo es, que lo sé yo, de poquísima utilidad. − En el meñique, de acuerdo ― el elemento perturbador, sin dejar de apuntar ―; ya vamos avanzando. Ahora sólo falta que tengan la amabilidad de decidir de quién. − Pues… ― mi madre, que dudó por un instante y en un momento de tanta tensión mientras que, cuando ni hace ninguna falta ni se la espera, es muy rápida facilitando indicaciones que no se le piden ― del nieto mayor. Hala, escribe. − Ese no ― Ramírez, con esos reflejos tan buenos que él tiene aunque, y quise pensarlo pero andaba muy liado, pudiera ser porque éste fuese tan ojito derecho suyo como el pequeño lo era de la abuela ― que tiene que traducir a mi padre. − ¿Y por qué no de Krzysztof ― Celedonia, que se le ocurrió de repente y, señalando con su índice ― y de paso esta señorita se venga? − ¿Y por qué tendría que vengarme yo? ― La fisioterapeuta. − Si no recuerdo mal o algún desassstre ― Celedonia, con esa ese tan larga y mirándome con tanto desprecio que pensé que era mi madre, pero no, era Celedonia ― no ha perdido el hilo, él la abandonó. − Ah, pues entonces ― la chica ― un meñique es poco; así que mejor en… − Pero Krzysztof no está aquí ― el abuelo, por manos del nieto pequeño, que temeroso de que el dedo elegido fuera suyo se apresuró a traducir para, con ello, dejar constancia de que también a él le era imprescindible ―, que no estamos a lo que estamos, recontra. Además, no creo necesario que lleguemos a las manos, y ni siquiera a la sangre; puede muy bien darle a la bombilla del pasillo, que como total ya está fundida… De modo que nos encaminamos al pasillo, en comitiva, y una vez allí el elemento perturbador disparó a la bombilla… − ¿Y? ― Muy intrigada mi tía , la de Indalecio, que había escuchado con enorme atención, pero, ya digo, era tirando a cortita. −Pues que ― Manolita, que andaba con prisa recogiendo las mesas porque “hoy, precisamente, con mi marido que entra de guardia y el niño solo no puede quedarse” y que espabilase ―le dio al brasileño. Y recoja. Y, mi madre, que “lo que les dije”. Y, Lola, cerrando filas, que qué lástima con lo bien que iba y “mira ― dijo mientras caminaba hacia la puerta echándolo en el bolso ― que le había dejado el móvil tan preparadito”. Versaciones
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2308255140556
Se mostraría reticente a tal eventualidad
08/25/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/ysimiamigo.pdf Y, si mi amigo se mostraba en verdad en desacuerdo y yo no lograba persuadirlo de que un personaje con el que no se había contado previamente podía representar un abanico (o un par de varillas, por lo menos) de posibilidades inesperadas susceptibles de proporcionar quién sería capaz de imaginar cuánto juego, me encontraría con que había introducido un elemento no del todo extraño (pues doña Isidora era – o, bueno, “sería” – sin duda una mujer corriente, con el cabello rubio un poco tal vez ensortijado y de mediana estatura) pero sí alta, muy altamente perturbador en el supuesto de que no fuese ni tan de mediana edad (o incluso de estatura) ni tan aficionada a la repostería ni (y eso sería lo peor de todo) tan, con su cabello largo y su desenvoltura, corriente exponiendo con profusión de detalles impropios del momento y del lugar vaya nadie a saber qué oscuros motivos para justificar – y ahí, delante de los niños, además – su del todo extemporánea irrupción en el ambiente sereno y apacible del cuartito de estar con cortinas de cretona a flores del piso (tercero interior sin ascensor) de los Ramírez; lo que vendría a complicar aún más las cosas creando una tensión que me sentía francamente poco preparado para sacar adelante ignorando, como ignoraba, cuál debería ser la reacción de la señora de Ramírez hijo si viniera a resultar que ésta (la vecina, quiero decir) fuese la amante de su esposo o ― puestos a complicarse un poco más la vida dada, según se empeñaba en afirmar mi madre aseverando que ya desde la cuna me mostré reticente a celebrar los cinco lobitos y que la primera sonrisa no apareció en mi cara hasta sobrepasada la edad de dos años, mi exagerada tendencia al pesimismo ― el fruto ilegítimo de los amores que el señor Ramírez padre mantuviera en su juventud con una bailarina de cabaret o, yéndonos un poco más al melodrama y a la vista de que como estábamos dando apenas los primeros pasos de nuestro proyecto era aventurado predecir si nos decantaríamos hacia la comedia o hacia la tragedia, con una muchacha feucha y apocada a la que engatusó con unos encantos (él) que me iba a resultar muy, muy difícil, imaginar y más aún describir sin más punto de apoyo que un apergaminado anciano con una mantita de cuadros escoceses sobre sus rodillas. Mis temores resultaron (aquí encajaría muy bien un algo así como “por fortuna”) infundados porque a mi amigo le pareció una idea del todo fantástica; mas (aquí encajaría un algo así como “por desventura”) no me pude alegrar y celebrarlo como la ocasión merecía porque no contando con que él fuera a mostrarse favorable me pilló sin nada preparado ― imprevisión, ya lo sé, imperdonable ― con qué agasajar la llegada... Versaciones
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2308255140303
Coordenada ni polar ni cartesiana
08/25/2023
La prima Angustias
https://valentina-lujan.es/C/coordenadanipolar.pdf Al cerrar la puerta tuvo la sensación de echar de menos algo; insignificante, con toda seguridad, pero muy “de siempre”. Un objeto, tal vez, o quizás la distribución de los pliegues de la cortina o, que también cabía, una silla o un jarrón que no estaba en su lugar exacto y dejaba, en el aire, una sensación de vacío en el estómago aquí, en su sitio habitual aunque, así, con la poca luz que llegaba de la calle, sería aventurado precisar y, luego, en el pasillo, tropezó con lo que podría ser un zapato o un juguete porque en las casas donde hay niños pasa eso, que quedan tirados en los pasillos por las noches zapatos y juguetes que, bueno, mañana los recogeremos por algo tan elemental como que de día es tal vez todo muy diferente o menos contradictorio porque, saltaba a la vista, a cualquiera iba a extrañarle que el reparar en quién sabe qué minucia insignificante o leve alteración en lo cotidiano no chocase frontalmente con encajar sin reparos la presencia en mitad del pasillo de un juguete o un zapato. Pero también eso lo dejó para mañana y siguió caminando a la espera de tropezar, de un momento a otro, con un listón de la madera del suelo un poco alabeado y el tiempo se hizo largo; largo de tanto esperar en un pasillo tan corto aquel listón estúpido que hoy se le zafaba recordando, por entretener la espera, cómo una vez vio cómo un hombre vivió en una casa que no era la suya sin darse cuenta, con una familia y una esposa y unos hijos que tampoco se la dieron aunque sí eran quizás un poco más altos, o menos estudiosos, y la esposa no tan rubia como la recordaba pero las mujeres en ese tipo de cuestiones cambian tanto. Eso pasa y el pasillo se terminaría en cualquier momento sin el menor percance felizmente, contrariedad inexplicable salvo por la lógica aplastante de complicadísimos cálculos de probabilidades que afirman, a veces, cuando el resultado así lo exige, que no se tropieza dos veces en la misma piedra a menos que la experiencia demuestre lo contrario ten paciencia, sólo hacía falta esperar a que el tiempo actuase a favor de un desmemoriado transeúnte increpando no irá usted a pararse ahí; ¿verdad? Y, uno, ahí, parado sí y además como un tonto, sin saber qué contestar, no va a facilitar la respuesta que el otro de cualquier modo no va a tomar en cuenta porque para eso se basta a sí mismo, con las suyas propias y con sus particulares listones alabeados en que reparar, por enésima vez, el error cometido al constatar cuan dejados nos vamos volviendo poco a poco los que transitamos repetidas veces por los diferentes sinsentidos de un nunca más lo volveré a hacer o decir o pensar u omitir dependiendo, según el caso, de que la culpa radique en acto, palabra, pensamiento o negligencia, olvido o intencionalidad que, perdone, puede ser muy denostable pero, comprenderá, nadie goza de tanta ociosidad como para poder ir prodigándose en reproches; así que, por favor, apártese y siga su camino por donde le resulte factible no entorpecer el ir o venir de los demás. De todos modos recuerda que aquella noche y en contra de una costumbre que se resistía a dejar de mantener pero alguna vez tendría que valerse por sí misma, tras retirar la llave de la cerradura y dudar cual sería el mejor lugar para dar con ella sin dificultad al día siguiente optó por conservarla en la mano... Papeles
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2308255139376
No voy a empezar con ninguna bienvenida
08/25/2023
Señorita Benilde
https://valentina-lujan.es/N/nobienve.pdf No voy a empezar con ninguna bienvenida ni por dar las gracias a nadie por visitar esta página; porque estoy harta de falsías y de mentiras y de gentes que quieren mostrar su mejor perfil para caer bien, o resultar simpático, o hacerse querer. Así que no hay bienvenida. Si usted, en su apático deambular por la red ha venido a caer aquí – que a tontas y a locas puede suceder; el aburrimiento acierta a llevar a cualquier parte a quien tira como puede de él – y decide permanecer un ratito, pues… ¡hala, quédese!; pero no espere encontrar nada sensacional ni, sobre todo, coherente o útil para nada ni para nadie. Sí le puedo adelantar que, si se queda, habrá de ir por los caminos que yo marque haciéndolo transitar sin rumbo por las sendas que mi voluntad quiera ir trazando; que lo engañaré y le mentiré y le mostraré lo que a mí me parezca del mundo, y de la gente, y de la realidad, y de los sentimientos, y de la crueldad y de la bondad y de la belleza y de la fealdad… Lo traeré y lo llevaré; lo haré perder el sentido de la orientación y me burlaré de esa pretensión – tan humana, por otra parte – de encontrar facilitada por otros, por otros siempre y sin esfuerzo para el buscador, la punta de la hebra de ese ovillo enmarañado que es la vida. No existen en el cada día de los seres vivos ni la lógica ni el desarrollo secuencial de hechos ni de acontecimientos ni de sentimientos. A lo largo de las 24 horas que median entre un amanecer y el siguiente hasta el más amorfo de los seres pasa por infinidad de estados de ánimo que se interfieren sin piedad unos con otros; tan pronto uno ríe porque ve como otro da un traspié como se muerde el labio con ira tras el tropezón propio; en el instante inmediatamente posterior a haberse sentido desolado por una adversidad se siente gratificado por cualquier gracia o ventura; al mismo tiempo que se siente un terrible dolor de muelas hay que regocijarse – pues quién sabe si “ahora o nunca” – porque se ha presentado tras años de esperarla la oportunidad profesional que resolverá tal vez toda una vida o porque ha nacido tu primer hijo, el que con tanta ilusión esperabas… Y hay que fastidiarse y soportar el gran conflicto, la irresoluble e incomprensible contradicción que es el estar feliz y jodido al mismo tiempo. Quiero decir con esta consideración tan sólo que nadie, absolutamente nadie, vive la linealidad que exige a las obras de los otros. Estoy hablando de literatura, del mundo de la palabra, que es el mío; de literatura pero no de ninguno de esos best-sellers que a lo largo de cientos de páginas permanecen centrados en un único tema, de forma obsesiva, en una única trama que ignora, como si no existiese, todo el resto de la vida que gira fuera de los intereses o afanes del puñado de personajes que la viven… Pero me estoy dejando llevar por el pudor tan necio que me obliga a pretender, aun sin quererlo, explicarme; y eso va por sí mismo ya en contra de mis principios y de mis fines. Así que, amable internauta, aquí terminan los preámbulos. Papeles
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2308235123630
Jamás lo escribiría
08/23/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/jamaslo.pdf por lo que en aquel momento quise entender como virtud que me adornaba al querer imaginar que no lo haría por no dejar constancia de un mal pensamiento que pudiera atentar sin motivos probados contra la honorabilidad de Sonia, pero que se manifestó de inmediato como un error de interpretación por mi parte cuando, apenas trascurridos unos instantes, me di cuenta de que los motivos para no escribirlo iban a ser muy otros que, por su trascendencia y la forma en que incidieron en las vidas de todos nosotros, merecen constituirse en separata y argumento del capítulo primero de este muy ambicioso proyecto o magna historia. Versaciones
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2308225116284
Designios del altísimo
08/22/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/Desvi/designiosdelal.pdf Que era lo que la madre de don Miguel, tan religiosa ella y tan devota y buena católica que, aparte de bendecir la mesa incluso cuando tomaba una infusión de manzanilla, rezaba todos los días dos veces el rosario y recitaba la letanía, sin olvidar, como no podía ser menos, el Padre Nuestro que, por aquello de que “estás en los cielos” interpretaba, ella, cuando venía el hijo malhumorado y protestando de tener que hacer algo o tomar algunas medidas que le desagradaban pero decía, mientras sorbía su sopa, qué puedo hacer yo, mamá, siendo como son órdenes de arriba, que, si por sacarla del malentendido, trataba él de explicarle que se estaba refiriendo al ministerio, ella, a lo suyo, añadía en su cabeza motu proprio “sagrado”, y respondía que pues claro, hijo, y o es que si no era el sumo pontífice el representante de Dios en la Tierra. Y si él añadía “educación, mamá, educación” suspiraba ella lamentándose de “pero qué educación hijo, si no la hay”. − Y cultura, mamá, cultura. Pero ella, erre que erre, que religiosa, sí, cultura religiosa; pero que “lástima de tiempos de ateísmo y descreimiento que vivimos” dónde quedaba, dónde encontrar un atisbo de sentimiento piadoso más allá de los huesos de san Expedito o los pastelillos de Gloria. Tan golosona ella. Y, él “mamá que te va a subir el azúcar” − ¡Pero si ya está por las nubes! Y, con otro suspiro, se ponía un, en vez de los dos que tenía por costumbre antes de enviudar, azucarillo en el café porque, cuando se marcha la llave de la despensa…, acostumbraba decir, sin terminar nunca la frase.
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Apoyado en el quicio de la puerta
08/19/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/apoyadoenel.pdf no de la cocina, no de la cocina esta vez ni tampoco (tampoco esta vez) de la de mi despacho porque estoy literalmente —en Times New Román 14, que cualquiera puede comprobarlo si no me cree— harto de esas puertas; es más harto también de la del piso de los Ramírez y eso que esa, las cosas como son y a cada cual lo suyo con sus méritos y sus demérito, no me vino nada mal porque, sí, Sonia me la cerró en las narices, furiosa, que me acuerdo, y me llamó cantamañanas gilipollas del carajo, pero fue aquel un portazo que me abrió la puerta —por aquello tal vez del viejo dicho de que cuando una puerta se cierra siempre se abre otra, aunque, ahora que lo veo escrito, reconsidero que si en vez de escribir me abrió la puerta hubiese escrito me despejó el camino me habría, yo solo y sin ayuda de nadie, despejado el cami… ¡No! ¡Otra vez camino despejado, no! Me hubiese dado de manos a boca —a ver esta qué tal—, de manos a boca con la… ¿oportunidad?, ¿posibilidad?, bueno, me da igual, con la oportunidad o posibilidad o lo que mejor pueda encajar según vallamos viendo el desarrollo de los acontecimientos, de desarrol… ¡Mierda! ¡Otra vez desarrollar, no! − Pero, vamos a ver, tú —la voz de mi amigo, o de mi madre, porque no puede ser de ningún otro porque Sonia, y Lola, y toda la parentela de los Ramírez, y Manolita, y la camarera suplente, y Gutiérrez, todos, todos me tratan de usted y, por más que discurro, no se me viene a la cabeza nadie más con quien haya (desde que empecé esta andadura, por lo menos) entablado conversación alguna ni cruzado más allá de un pues lo de siempre con el vejete del descansillo que, cuando coincidimos en el ascensor yendo yo a comprar el pan o viniendo él de comprar el periódico, me dice qué hay, chaval, lo que me induce a pensar que, si mediasen más palabras, lo más lógico sería que me tutease porque, y creo que lo razono bien, a un chaval no se le suele llamar de usted—, ¿qué coño es lo que quieres? Con lo que mi madre quedaría descartada porque, porque la conozco como si la hubiera parido, es, eso sí y otras cosas también pero no es el tema y de momento mejor saltárselo y dejarlo reposar, es muy educada y no se alargaría a algo más… ¿visceral?, ¿espontaneo?, bueno, tampoco importa mucho, ya se me ocurrirá, algo más contundente o rotundo que un insulso desabrido demonios, así que… Que sólo me queda mi amigo, en conclusión; y de mi amigo, no sé por qué, no tengo yo como que muchas ganas hoy. Total que, un optimista gilipollas que fui siempre, me decido por la barra de pan y a ver si hay suerte, con el vecino. Pero no, ocho veces que salgo y tres barras de pan, y dos cervezas (por variar, a ver si así) y una Black & Decker que (a la desesperada, por que viera la suerte que pongo interés) me fui a comprar a El Corte Inglés, el vejete no compra hoy, por lo visto, ningún periódico. No sé qué hacer Continuaré ----- Desanimadísimo, sí; que no encuentro solución ni salida. Pero, y esto nadie se lo va a creer: cuando, tan decidido a tirar la toalla no estoy teniendo ni ánimos siquiera para poner el punto después de hacer, escucho la llave en la cerradura y, acto seguido, el taconeo característico de Lola que entra diciendo pues no se preocupe, que Dios aprieta pero no ahoga, y que hasta luego. Y, el vejete, que le reconozco la voz, que thank you very much y que good morning.
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2308145063316
Parece que me siento más animado
08/14/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/parecequemes.pdf si bien, y si hubiera que decir toda la verdad, yo muy convencido no es que esté y sí, muy por el contrario, bastante dubitativo y angustiado, no pudiendo dejar de dar vueltas en mi cabeza a por qué dije “sombrero samurái” cuando hubiera debido tratarse, en buena lógica, de una sencilla gorra de visera que además no había hecho yo sino el nieto pequeño y al objeto de, como hacía muy buena tarde , sacar un rato en su silla de ruedas al abuelo a tomar el sol en el parque en tanto ella, Sonia, pertrechada de los guantes de goma y otros útiles ya mencionados , aprovechará para — con la ayuda del esposo sujetando la escalera mientras ella descuelga las cortinas del salón que no entiende “cómo se ponen tan negras si aquí nunca entramos” — dar eso que las amas de casa llaman “una vueltecita a la casa”. Pero como mi amigo me tiene advertido de que el escritor no tiene obligación de decir verdad ninguna sino más bien obviarlas todas porque su cometido es crear mundos y situaciones ficticias que tengan que ver lo menos posible con la realidad que suele, encima, ser tan gris y tan chata, no digo nada de eso ni, tampoco, que el chiquillo — porque se empecinó en hacerla él — se entusiasmó con el papel y, enredando, enredando, lo que al final encajó tan orgulloso en la cabeza del anciano era un nemes que a la señora de Ramírez (madre) le pareció muy aparatoso y se negó a que saliera con él temerosa (aunque también apesadumbrada por darle, como era su ojito derecho según ya se consignó en alguna parte de esta obra, el disgusto al chico) de que se rieran de él o incluso — la señora de Ramírez madre podía ser, aunque hasta el momento se carecía de datos contrastados de que lo fuese , muy exagerada — le tirasen piedras. Así que, por no andar perdiendo tiempo y emborronando papeles con cosas que no van a pasar a formar parte de los hechos sustanciales ni de la historia que nos ocupa, omito todas estas insignificancias y le digo, directamente y sin perderme en más digresiones, que sí, que me siento más animado. Lo que parece satisfacerle y, eso sí, eso más que cualquier otra cosa — porque como si mi amigo está contento es casi seguro que le van a venir ideas creativas que me permitan avanzar por caminos que por mí mismo jamás encontraría —, me hace sentir del todo feliz y, para que no me regañe con eso de que la verdad debe ocultarse, me muestro creo que bastante taciturno cuando nos despedimos. Pero cuando muy pocos días después volvemos a vernos lo encuentro deprimido. – ¿Qué te pasa? ― le digo abriendo la carpeta. – Nada ― contesta cerrándola ― ¿Qué quieres que me pase? – Nada… – Pues ya puedes ir entonces alegrándote. – ¿Sí? ― he vuelto a abrir la carpeta y estoy un poco distraído, hojeando los papeles ― ¿Por qué? – ¡Pues porque eso es exactamente lo que me pasa! – Bueno ― le contesto, maldiciendo en silencio de mi mala costumbre de no numerar los papeles ―, pues me alegro. – Te alegras, te alegras… ¡Te importa un cuerno! – ¿Estás de mal humor? – ¡No! – ¡Vaya ― murmuro por lo bajo, a lo mío ―: otro motivo de alegría! – Eso ― él ―; ponte sarcástico. – Perdona ― levanto la cabeza y lo miro ― ¿Qué decías? – Que te pongas sarcástico. – ¿Tú crees que debo? ― le pregunto, volviendo a mis papeles. – No, pero ponte… – ¿Así, porque sí, sin reflexionar si hay un motivo, una circunstancia que lo justifique? – Las personas como tú no necesitáis motivos. Tiráis para adelante y aquí me las den todas… – ¿“Tiráis para adelante”? ¿Yo tiro para adelante? ― renuncio a ordenar los papeles ― ¡A mí sí que me las dan todas en el mismo carrillo! – ¡Ahora va a resultar que tú eres el que sufre; que tú eres el mártir! – ¡Pero si yo he llegado muy contento! ¡Si tenía incluso una estupenda noticia que darte! – Pues, hala: suéltala. – Lo estoy intentando ― y me sumerjo de nuevo en los papeles ― pero como estoy tan… con todo esto. – Eso es ¡Machaca un poquito más... ---- Lo que se suele llamar una “tarde espléndida”, que viene a ser un nuevo motivo de desazón porque a ver cómo justificar en tal caso los cabellos chorreantes de la madre del chico. Pero mi amigo dice que no me preocupe por eso y que haga el puñetero favor de centrarme en qué me traigo entre manos en cada momento. Ver sección, o capítulo, o apartado anterior. Especie de tocado ... Versaciones
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Capítulo primero de las Versaciones de un chupaplumas
08/07/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/D/capituloprimero.pdf Este primer capítulo podría comenzar diciéndose que la puerta se cerró con lo que — si no fuera por temor a incurrir en la deslealtad hacia el lector de tratar de mediatizarlo haciéndole concebir la idea de una Lola que, entendemos, no tenemos derecho ninguno a proporcionarle al objeto de no obstaculizar su propia elaboración del personaje — podríamos denominar la inveterada suavidad con que se cerraban las puertas cuando era Lola quien las cerraba y que yo, que quizás por no haber hablado todavía con mi amigo de las indicaciones que, dejando ella a medio limpiar el polvo del respaldo del sillón me diera bajo el argumento de que al no ser yo, dijo, de la profesión aportarían un toque de originalidad a mi trabajo no me percaté del móvil, corrí a abrirla de nuevo para preguntarle qué apuntes eran esos; pero que como ella no estaba ya en el descansillo la cerré de nuevo y que, no queriendo echar a perder la mañana atascado por algo que debía de ser puramente anecdótico habida cuenta de que yo no había oído hablar de ese hombre en mi vida, coloqué un folio nuevo en la máquina y traté de aplicarme a zanjar, de una maldita vez si era posible, un viejo dejar las cosas como estaban que se empecinaba en resistírseme so pretexto de que, por alguna razón que ya no recordaba, estaban difíciles. Podríamos continuar con que empero o sin embargo y llevando escritos apenas cuatro renglones mi propósito inicial se vio abortado cuando hube de levantarme para acudir a contestar el teléfono y con que, si continuásemos — que no vamos a continuar porque estamos hablando de cómo pudieron ser las cosas que no fueron —, al enfilar el pasillo sonó también el timbre; y decir que dudé, recuerdo, a qué atender primero y que me decidí recuerdo también por la puerta aunque no llegué a abrirla porque en el suelo encontré un sobre pero al mirar por la mirilla no vi a nadie; y que retomé con él en la mano el camino hacia el teléfono y que, cuando contesté, ella, sin saludarme siquiera — pero entendiendo yo que no lo estaría considerando necesario puesto que sólo hacía unos minutos que se había marchado —, me espetó en tono muy vivo un escueto “¿lo ha encontrado?”. Hubiera yo sin el menor empacho podido responderle que sí pero que “pero”; y nos habríamos colocado, tanto ella como yo aunque cabiéndome el mérito de haber sido el que diera pie al desarrollo de los acontecimientos, frente a la situación — tan en exceso explotada por tantos escritores que ya no causa sensación a lector alguno por tan enteramente previsible — de mantener un diálogo completamente absurdo basado en la errónea interpretación que ella diese a mi “sí” dando por hecho que yo me estaba refiriendo al destornillador por el que en realidad ella me estaba preguntando y replicando, a su vez, que habida cuenta “de lo torpe, y perdone, que es usted para todo lo que tenga que ver con la tecnología” le parecía del todo prodigioso. Y que me felicitaba. Pero, ya digo, proceder de ese modo nos daría la sensación de estar echando mano de un cúmulo de lugares comunes; de modo que no vamos a hacerlo o, yo por lo menos, no voy a hacerlo (y creo que ella con sus ideas innovadoras estaría de acuerdo caso — que no va a darse por cierto y porque al no ser ella de la profesión qué necesidad tendría de verse involucrada ni embargada su atención en una forma de hacer de la que no tengo yo seguridad de que fuera justo ni necesario el hacerla partícipe — de tener noticia del cambio de rumbo que he decidido implementar en este primer capítulo de este nuestro ambicioso proyecto) antes de estar absolutamente seguro de que no somos capaces, entre todos, de encontrar una solución que nos permita salir con la cabeza alta del embrollo en que nos encontramos. Le digo a mi amigo, que se muestra de acuerdo y celebra mi buen criterio de no hacer mención a un sobre que, no estando en antecedentes de las vicisitudes acaecidas “desde el lejano ayer en que tras denodados esfuerzos — rememora — por salvar a mi esposa de las garras de la muerte” tuve que acceder a hacerme cargo de Camelia , no serviría sino para desconcertar al lector haciéndolo suponer algo más o menos en la línea de, de, de… – Línea de qué, ¡hombre! — Lo urjo — que a ver si vas a atascarte justo ahora que vamos tan bien. – De que tuve que marcharme a Groenlandia ¿Qué te parece? – Pues un disparate. Un disparate porque ni veo la necesidad de irse tan lejos ni encuentro de qué forma ni manera podría afectar esa decisión a Camelia... Sergio Escalante
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https://valentina-lujan.es/alicia/capitulopri.pdf La puerta se cerró con la suavidad con que se cerraban las puertas cuando era Lola quien las cerraba y yo, que quizás por no haber hablado todavía con mi amigo de las indicaciones que (dejando a medio limpiar el polvo del respaldo del sillón) me diera bajo el argumento de que al no ser ella de la profesión aportarían un toque de originalidad a mi trabajo no me percaté del móvil, corrí a abrirla de nuevo para preguntarle qué apuntes eran esos; pero como ella no estaba ya en el descansillo la cerré de nuevo y, no queriendo echar a perder la mañana atascado por algo que debía de ser puramente anecdótico habida cuenta de que yo no había oído hablar de ese hombre en mi vida, coloqué un folio nuevo en la máquina y traté de aplicarme a zanjar, de una maldita vez si era posible, un viejo dejar las cosas como estaban que se empecinaba en resistírseme so pretexto de que, por alguna razón que ya no recordaba, estaban difíciles. Pero apenas llevaba escritos cuatro renglones tuve que levantarme para ir a atender el teléfono y, al enfilar el pasillo, sonó también el timbre; dudé, recuerdo, a qué atender primero y que me decidí recuerdo también por la puerta, aunque no llegué a abrirla porque en el suelo encontré un sobre pero al mirar por la mirilla no vi a nadie; retomé con él en la mano el camino hacia el teléfono y, cuando contesté, ella, sin saludarme siquiera — pero entendiendo yo que no lo estaría considerando necesario puesto que sólo hacía unos minutos que se había marchado —, me espetó en tono muy vivo un escueto “¿lo ha encontrado?”. – Si, pero no entiendo nada. – ¿Nada? — Y parecía extrañarle mucho. – Nada. Y tampoco por qué hace usted esas pequeñas niñerías… ¡Una señora de su edad! – ¿Y esa impertinencia? – Perdone, no he querido ofenderla. Sólo que es usted una persona adulta. – Ah, bueno, eso sí. Pero las señoras… porque, y téngalo bien presente, aunque yo le tenga a usted la casa como los chorros del oro y le haga unas croquetas deliciosas, una es una señora de los pies a la cabeza; las señoras no tenemos edad ¿Entendido? – Entendido, Lola. Pero lo otro no. – ¿Qué es lo otro? – Vamos, Lola. Quien calla otorga, y usted no ha protestado; de manera que de forma implícita acaba de admitirme que ha sido usted quien lo ha dejado. – Ah — ella — que lo he dejado, sí. – Pero para qué. No entiendo qué sentido le encuentra a algo tan incongruente. – ¡Ah, ya caigo! — y dejó escapar una risita de esas que cualquiera que las haya oído sabe que significan “¡qué despiste el mío!” o “¡pero qué tonta soy!” — No me di cuenta de que no iba a saber abrirlo. Y como para mí es tan… cotidiano… – ¿Cotidiano? – Sí, habitual, incorporado de forma natural a mis costumbres, a mis gestos… – Así que no sólo a mí. Va dejándolo igual por todas las otras casas a las que… ¿Y cómo reaccionan ellos, sus clientes? – “Empleadores”, prefiero. Pero no lo sé, es la primera vez que lo hago, que lo he hecho; y sin otro fin que ayudarlo, a usted, que ya veo que es un desagradecido… Tonta de mí cuando, encima, no lo sabe ni abrir. – Abrirlo sí. Un sobre sabe abrirlo incluso alguien tan torpe como yo — respondí algo dolido, pero no hizo falta… – Es decir, que no llegó a abrirlo. – ¿No se lo estoy diciendo? – Pues menos mal, porque el sobrecito en cuestión tiene su intríngulis, y, usted tan inexperto aun… Cambio acto seguido de tono y, en uno ahora muy animoso, casi festivo, agregó: – Pero no importa, que yo le iré enseñando poquito a poco y ya verá. Siga, ahora, con la caja de zapatos, que ahí sí está bien, y busque el destornillador, que es justo por lo que se lo he dejado. Y que ahí comprendería. – ¿Qué comprenderé? — Le respondí irritado —. Y no estoy ante ninguna caja de zapatos sino en el pasillo, de pie, delante del teléfono de pared hablando con usted que no dice más que cosas rarísimas… ¿Está segura de que no se ha confundido al marcar y piensa que está hablando con cualquiera de sus otros clientes? – Empleadores, le he dicho… Pero a usted no le entra en la cabeza que… Y que “¡teléfono de pared!”, en tono muy sarcástico y que si con su bocinilla y todo. Y que así no le extrañaba a ella… – Pero, en fin — dijo, en tono resignado, y era como estarla viendo echarse el pelo hacia atrás como quien piensa “anda, que vaya desastre, a usted hay que dejarlo por imposible” —, dejemos el asunto que ya lo solucionaré yo mañana. Y que por lo menos lo apagase. – Aunque — otra vez sarcástica ella — no sabrá cómo. Y por estar a la altura de un diálogo tan sin pies ni cabeza le dije que sí. Y lo doblé y me lo guardé en el bolsillo. * Fin del segundo borrador del capítulo primero de las únicas, auténticas y verídicas versaciones que han de pasar a la historia bajo el título de Versaciones de un chupaplumas Felipe Ledesma
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https://valentina-lujan.es/A/atrotegor.pdf Soñando un sueño de mentira encontré estaba Yo diciendo cuando me desperté se despertó sobre el alfeizar de la ventana todos estos elementos y un hombre una mujer cuyo rostro no recuerdo recordaba afanado afanada unas veces en irlos colocando en filas paralelas de mayor a menor y otras veces acusándome acusándolo acusándola con su voz airada de habérmelos habérselos robado también con mucho cuidado de irlos alineando alfabéticamente junto a la lámpara de pie o arrodillado arrodillada bajo la mesa o el pretexto entre murmullos que reconocí dice reconoció pronunciados dijo en una lengua extraña de que en función de su utilidad o intentando descifrarla pudiéramos trazar un plan a seguir para que aun sin conocerla alcanzásemos a reconocer sus motivos más allá de los hechos De la utilidad No olvídese de la mujer del hombre Qué mujer qué hombre Se lo estaba diciendo pero o aunque si usted quiere no me importa volver a repetírselo Repítamelo sí por favor La mujer el hombre que soñando un sueño de mentira dijo haber encontrado a un hombre una mujer cuyo rostro no recordaba mirándola mirándolo y sobre el alfeizar de la ventana una serie de elementos acusándola acusándolo de habérselos robado Así que eran ellos Quiénes Los elementos Pensé que era el hombre la mujer No olvídese del hombre la mujer Los elementos que eso si lo recordaba la mujer el hombre soñando algo que debía de ser agradable porque recuerdó dijo cuánto me molestó que apareciera aquella mujer aquel hombre que riendo a carcajadas dijo aquí está todo me han dicho y que usted sabrá qué hacer con ello y yo Yo le dije le dijo entiendo entiendo que le molestara soñando algo que debía de ser agradable aquella mujer aquel hombre despertándola despertándolo con sus carcajadas No dijo no ha entendido lo que yo Yo soñaba es ya se lo he dicho a usted solo algo que debía de ser agradable y habría seguido durmiendo tan feliz si el ruido sonido de los elementos rebotando sobre el suelo no me lo hubiera despertado y nada más y que la acusación vino después y yo Yo le dije dijo que no se preocupara por algo que no había llegado todavía Eso me dijo a mí está seguro de que usted me dijo alguna vez a mí que no me preocupara A ella a ella a él a él porque a usted qué podría preocuparlo a usted si como le digo igual que se lo dije a ella a él y en el mismo tono recuerde o rebobine y compruébelo usted estaba soñando no es cierto No No me pregunto cómo puede saberlo si usted llegó después de que los elementos estuvieran esparcidos desperdigados por el suelo Es que a lo mejor con tanto sueño Es que si tiene usted sueño No tengo ningún sueño que yo pueda recordar al menos o de lo contrario no estaría perfectamente despajado aquí hablando con usted de cosas absurdas Absurdas le parecen las cosas cosas absurdas y los elementos y las personas se lo parecen también Pero en vez de contestar irritado irritada recuerda dice haber referido a su interlocutor que puesto puesta en pie echó a andar camino de la salida Y que fue entonces cuando se despertó con el portazo y dijo pude escuchar a la mujer al hombre lamentándose con perfecta nitidez de que soñando un sueño en que pareciendo todo tan de mentira como lo es siempre de verdad lo soñado en los auténticos sueños había sido llevada llevado de la mano somnolienta aun de un hombre de una mujer cuyo rostro no recordaba que ante la ventana le hubiese mostrado jamás acusándola acusándolo de habérselos robado una serie de elementos colocados sobre el alfeizar de la habitación en la que recordaba llevar ya mucho tiempo sin dormir Insomnio claro No rio es que como usted comprenderá ya no está viendo a la niña al niño que soñando tantas veces ahí se veía como la mujer el hombre soñada soñado por el hombre la mujer de sus sueños Qué más recuerda Que paré la grabadora y me marché a dormir Dijo Y que recordaba haber estado horas escuchándola imaginando estar leyendo marcando pausas o inflexiones aquí o allá y colocando puntos y comas e interrogaciones y signos de admiración y puntos y coma o suspensivos y entre paréntesis si no eran muy necesarios corchetes guiones o cualesquiera otros y entrecomillados que pudieran dar un único sentido inequívoco a qué decían y de qué en realidad hablaban unos personajes que muy definidos tampoco en realidad también estaban Uno solo Creo haber dejado claro que era una mujer un hombre y si rebobinase deduciría con tan sólo escuchar un poquito que
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