Ninguna ciudad nace inocente.
Antes de la primera piedra, ya existe una decisión.
Antes del primer muro, ya hay algo que se acepta enterrar.
Las ciudades no se levantan sobre tierra firme, sino sobre acuerdos: silencios compartidos, culpas repartidas, horrores suficientemente lejanos como para no nombrarlos.
Lúgoth fue fundada así.
No como refugio, sino como contención.
Las crónicas oficiales hablan de comercio, de rutas fluviales, de alianzas entre razas. Mencionan a los elfos y su magia, a los enanos y su piedra, a los humanos y su fe, a los orcos y su fuerza. Todo eso es cierto. Todo eso es insuficiente.
Lo que no escribieron fue el temblor bajo los cimientos.
El murmullo que nunca se extinguió.
La certeza, compartida por todos y negada por todos, de que algo había sido sellado… no destruido.
Las generaciones pasaron.
La ciudad creció.
Y el peso aumentó.
Cuando el equilibrio comenzó a fallar, no se habló de dioses antiguos ni de errores fundacionales. Se habló de crimen. De decadencia. De individuos desviados. Siempre es más fácil señalar a un cuerpo que aceptar una estructura.
Así nació la necesidad de una figura.
No un rey.
No un juez.
No un héroe.
Algo que caminara cuando las velas se apagaban.
Algo que cortara lo que ya estaba perdido para que el resto pudiera seguir llamándose vivo.
Algo que cargara con el horror para que la ciudad no tuviera que hacerlo.
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