El tema surge del rechazo, de la saturación de imposiciones de la vida corriente. De no poder aceptar más un “tengo que”, más urgencias, más cargas. Del anhelo de lo simple y del silencio. De conectar con lo profundo en mi ser, con aquello que no se ve perturbado por lo externo. De volver a ser yo.
Vaciarse, no pensar, fluir. Potenciar sólo la intuición. Renunciar a elegir un mensaje que pintar; salir sin punto de partida. Renunciar también a las expectativas sobre el punto de llegada. Que la composición, el color, el resultado no sean una meta. Forzarse a rasgar y a romper la hoja.
El vehículo: el gesto simple, repetitivo.
Sin embargo, qué difícil ha resultado la renuncia. Y sólo cuando se acepta, se superan los propios límites, y aparece lo directo, lo honesto, lo íntimo: la forma de mi respiración en cada gesto. Cuando trazo, me pinto a mí. Mi propio pulso vital es el que me aporta el equilibrio.
La obra soy yo, no el papel. Yo, serena y llena de luz, tras resolver la paradoja aparente que es llegar al vacío perfecto llenando un papel.
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