Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de escrúpu-los, hacía su ronda diaria por los juzgados del Condado de Cook. Necesitaba con urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia. Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los ins-tintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el ob-jetivo de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente edificio es una montaña de Sísifo para los que bus-can la justicia. Y muchos, nunca la encuentran…
Ya eran las dos de la tarde y Benjamín García empezaba a abu-rrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a la vieja malencarada… Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…
Benjamín García se impacientaba. El sudor le empapaba su po-bremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva. El chicle que llevaba masticando ho-ras, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominen-te estómago. Sin embargo, su olfato fotografil le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que es-perar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la ta-berna de Billy Goat…
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