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En la cola de la carne
02/22/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/L/loqueledichoaface.pdf Hoy ha sucedido en clase de Filosofía, pero hace unos días sentí algo muy parecido en clase de Pintura. Los filósofos, griegos, todos tan respetables y que dijeron lo que tuvieran a bien hace veintitantos siglos. Es cierto que a estas alturas de mi vida no tengo tiempo (ni ganas ni interés) de aprenderme las frases lapidarias pronunciadas por cada uno de ellos; pero, sinceramente, pienso que tampoco me hace falta. Bástame saber, en mi opinión (que no me voy a molestar de añadir “humilde”, porque, también en mi opinión, todas las opiniones deben serlo), que el pensamiento, de quien sea, puede ser variopinto y disperso, e incongruente e incluso contradictorio, y que no hay por qué endiosar determinadas afirmaciones acuñadas en frases lapidarias que en letras de molde han pasado a la historia, o a las enciclopedias, o al ánimo de las gentes como incontrovertibles o incuestionables. Los filósofos, todos, antiguos y modernos, han tenido opiniones de las cuales, y por alguna razón que desconozco, algunas se han convertido en dogmas a los que (entiendo, aunque no comparto) es osadía replicar. Bueno, pues a mí personalmente – y así lo he expresado, a lo que por cierto una compañera de clase me ha replicado “¿y para qué vienes aquí y no te vas a la cola del pescado?” – hoy por hoy, y alimentada tal vez aunque de forma poco intelectualizada y metódica del pensamiento griego del que está imbuida toda sociedad occidental (y aun no comulgando del todo con dicho pensamiento), me doy cuenta de que la vida cotidiana, el simple hecho de abrir los ojos cada mañana y plantar los pies en el suelo, me abre, a mí y a cualquiera, un abanico apabullantemente enorme de posibilidades de experimentar sensaciones, y emociones, y de elaborar pensamientos, y opiniones, y hacerme infinidad de preguntas y de planteamientos a raíz, tan sólo, de un gesto, de un ademán, de un tono de voz, que veo, u observo, o escucho en alguien, que inevitablemente me lleva a considerar qué mundo interior de la persona que lo está emitiendo la tiene sometida a esos gestos o ademanes o entonaciones y no a otros. De ahí que dijera yo, y que lo dije, “tanto puede inducirme a pensar una señora en la cola ce la carne como cualquier filósofo por muy respetable que sea”. De ahí también la réplica de por qué en vez de asistir a clase no me marchaba a la cola del pescado (y que era carne, pero, bueno). Le pude replicar “para qué molestarme en ir a buscar una pescadería (de guardia, a lo mejor, que era ya por la tarde) cuando te tengo a ti al lado y me estás haciendo el mismo juego”, pero no lo dije. Y es verdad que a partir de ese cruce de frases he tenido para recapacitar bastante en torno a la condición humana (incluida la mía) y cómo del qué y del cómo de cada momento hacemos las personas nuestras interpretaciones subjetivas que tomamos, sin pestañear, por perfectamente objetivas. Por otra parte, y volviendo a los filósofos, griegos, ellos dijeron y opinaron lo que les trajo a la mano decir y opinar en el momento y en el mundo que vivieron; pero hoy, veintitantos siglos después, yo, en mi momento, creo que tengo la obligación de elaborar mi propio pensamiento, que puede ser desacertado sí, y perfectamente refutable; pero no creo que sea muy discutible que sí cada vez que he de pensar (acerca de lo que sea) hubiera de pararme a echar cuentas de qué debería de pensar para no quebrantar no me importa qué dogma del pensamiento (griego, o chino, o de la Patagonia, que cada uno tendrá sus seguidores y sus adeptos) se me iría el tiempo y la vida en no pensar por mí misma. Y me iría cada noche a la cama furiosa conmigo misma por no haber hecho uso de cuántas posibilidades me estaba dando el día cuando, por la mañana, abrí los ojos y planté los pies en el suelo. Ahora voy con la clase de Pintura del otro día, más o menos de lo mismo y en una línea que se me antoja parecida y me coloca ante prácticamente idéntica elucubración. Si un pintor (consagrado) pinta un recuadro rojo... Oquios
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Impacto
02/22/2024
Afrodita
https://valentina-lujan.es/I/impacto.pdf Me despierta un ruido grande pero sordo, como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado o sobre la arena de una playa desierta sin causar víctimas ni destrozos porque, de lo contrario, se hubiesen oído gritos, o lamentos, o demandas de auxilio o el crujir de objetos que se quiebran, a menos, que también lo pienso, “el impacto haya sido tan rotundo que”. E imagino Hiroshima como imagino siempre que la pienso Hiroshima preguntándome por qué no Nagasaki o lo que no imagino sin saber por qué siempre que a continuación de Hiroshima pienso indefectiblemente en Nagasaki como específicamente Nagasaki. Pienso asomarme al balcón pero me digo que no va a merecer la pena porque no tengo cerca ninguna playa; y no habiendo podido ser sobre una playa (o sí sobre una playa, no se puede descartar de plano que pueda sobre cualquier playa del mundo producirse un impacto que produzca un ruido grande ― pero sordo ― como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado, pero no la playa sobre la que yo estoy imaginando) no tiene el menor sentido ponerse a averiguar si ha habido víctimas entre los bañistas desprevenidos y despreocupados tumbados, tranquilamente, panza arriba dorándose al sol contrariados porque en un par de días terminarán sus vacaciones de verano y tienen, aún, que recoger todos sus enseres y empaquetarlos y organizar el viaje de regreso a sus ciudades de origen maldiciendo de la vida cotidiana y de los atascos y de que la nevera, ya lo verás, va a estar vacía. Y está vacía. No la nevera imaginaria de unos bañistas que tumbados tranquilamente panza arriba dorándose al sol desprevenidos y despreocupados imaginan contrariados que en un par de días terminarán sus vacaciones de verano sino la de quien en una mañana de invierno los imagina recogiendo todos sus enseres y empaquetándolos y organizando el viaje de regreso a sus ciudades de origen, maldiciendo de la vida cotidiana y de los atascos y de que la nevera, además, que lo acabo de mirar, esté vacía a menos, que también lo pienso, que alguien a quien despertó un ruido grande (pero sordo , como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado o sobre la arena de una playa desierta sin causar víctimas ni destrozos porque, de lo contrario, se hubiesen oído gritos, o lamentos, o demandas de auxilio o el crujir de objetos que se quiebran) tenga la ocurrencia de ocuparse de sus propios asuntos y dejar de una puñetera vez de imaginarme. 29 de septiembre de 2016 Oquios
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2401146638764
Índice de la Foto de un ala de ángel
01/14/2024
La calculadora de la Sta. Susi
https://valentina-lujan.es/S/indicealangel.pdf ala 175 – Foto de un ala de ángel (en el sumario) ala 176 – Arbolito en caja de galletas ala 177 – en caja de galletas ala 178 – Paisaje urbano con figuras en caja de zapatos ala 179 – En la playa en costurero de mimbre ala 180 –Barquita en caja de galletas ala 181 –Grifo en costurero de mimbre ala 182 –Escritorio 2 en costurero de mimbre ala 183 –Graffiti 1 en caja de zapatos ala 184 –Bola mundo fantasía en caja de galletas ala 185 (firmada por Piluca Menéndez) –Señorita Yo en caja de zapatos Papeles
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2401146638474
Foto de la gota que colmó el vaso (página 2)
01/14/2024
Julián
https://valentina-lujan.es/doc/Foto%20de%20la%20gota%20que%202.pdf Imagen en pdf Papeles
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2401126624770
Nota
01/12/2024
Don Alcibíades
http://valentina-lujan.es/V/Nota1.pdf Nota Puesto que estamos en el Inicio entiendo que lo primero que debo hacer es mostrar el aspecto original de esta página, el que se supone o supongo yo al menos que tuvo que tener algún día y seguiría ofreciendo casi idéntico si no hubiera desaparecido, por un lado, y, por otro, si yo no hubiese llegado nunca a ella tan sólo por haber encontrado aquel cuadernito que... Pero lo encontré, ¿qué quiere que haga? ¡Ignorarlo! Se me acaba de ocurrir que pude ignorarlo y... bueno: "No he visto nada". Pero lo vi, en cuanto llegué, no a la página - que eso fue después - sino a esta casa; el cuadernito, cubierto de polvo, en uno de los estantes vacíos de una estantería blanca, sucia, renegrida, de escayola, feísima... Era un cuadernito muy delgado, en tamaño folio, que en la portada... Pero para qué perder el tiempo en describírsela pudiendo enseñársela. Mírela, esta es. La ilustración, de trazo tan infantil, y el hecho de que estuviera impreso en letra muy grande me hicieron suponer, en aquella primera ojeada que le dediqué, que se trataría de un cuento para niños. Pero... ¡Qué título tan estrafalario!, pensé según lo depositaba de nuevo sobre la estantería polvorienta que... ¿No deberías limpiarla un poquito?, me pregunté. Me contesté que ya lo haría, cuando estuviera instalada, y me dediqué un rato a fumar cigarrillos paseando, de pared a pared, echando la ceniza al suelo y cuenta de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar todas las marcas que habían dejado los del propietario anterior... ¡Qué titulo tan estrafalario! Así que, como el camión de la mudanza no llegaba, terminé poniéndome las gafas y sentándome en el suelo y... Bueno, te leeré, aunque sea; y leí , enterándome así de que existía, o había existido alguna vez, esta página web... Mira: ha rimado. Pensé ¡vaya bobada! - del cuaderno, claro - y lo volví a poner en el estante; y encendí otro cigarrillo, y luego otro, paseando, de pared a pared; y seguí echando la ceniza al suelo y cuentas de si iba yo a tener tantos cuadros para tapar tantas marcas porque... ¿Qué otra cosa podría hacer? Dediqué un buen rato a cavilar la forma de ingeniármelas para pensar en otra cosa; discurrí tanto que, lo recuerdo con claridad pese a haber pasado tantos años, hubo incluso un momento en que llegué a desear fervientemente tener una escoba, una sencilla y vulgar escoba para barrer tantas colillas desperdigadas por el suelo porque, aparte de que con la radio, o con mi ordenador, por supuesto que ni soñar, la habitación empezaba a estar hecha una cochambre pero, consideré, tampoco tenía cubo de la basura ni router para poderme conectar a Internet… “¿Qué otra cosa podría hacer?”. Creo que me empecé a poner nerviosa, a impacientarme; y sé que me puse de pie y miré por la ventana y vi el cielo azul con alguna nube que tapaba el sol y, al poco, la nube se movió y el sol entró hasta la pared de enfrente y pensé necesitaré unas cortinas y, cada vez más irritada al filo casi de la histeria, que si es que los cigarrillos se me tenían que terminar también. Sonó el móvil. Sentía tal ansiedad porque algo, lo que fuese, pusiera fin a aquella sensación de algo tan parecido a la impotencia que me abalancé sobre el bolso tirado en un rincón y lo busqué, el móvil, afanosamente, pero cuando logré... ... Y ahora voy y me encuentro, sin saber ni cómo ni de dónde sale, a esta individua de la manecita que se perdía, para mí y para el mundo y para todo, sin dejar el menor rastro aquí. Esto es, lo digo de verdad, para volverse loca y marcharse a Australia y olvidarse de todo; pero no puedo marcharme porque aunque no se entere nadie una tiene su orgullo y tengo que seguir tirando el dado no sé si hasta que consiga entrar en el cielo o hasta que me muera porque — aquí se ve muy bien — la cosa está muy reñida y si por la circunstancia que sea me vuelvo a quedar en la mismita puerta y me sale un 6 ahí tengo esperándome a la calavera. Y es que el que inventó el jueguecito un poco de mala sombra sí que tuvo, que sólo con que la hubiese puesto en el 57 y no en el 58 sí que podías salvarte. Pero así no. Anda que, entre unas cosas y otras, vaya enfado y qué humor más malísimo que tengo. Papeles
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2312236467068
Oca 9 para distintivo z52
12/23/2023
Prjig
http://valentina-lujan.es/N/9-para-z52.pdf Lo he visto en alguna parte, ilustrando algún archivo, pero como soy incapaz de recordar dónde y por alguna razón estúpida que tampoco recuerdo no llevo registro del distintivo recurro al razonamiento de que sólo pude llegar a él viniendo de: 3 (si al jugador le salió un seis) 4 (si le salió un cinco) 5 (si le salió un cuatro o porque el jugador cayese en la primera oca, que lo mandaba al 9) 6 (si le salió un tres. Pero no parece lógico porque en 6 no correspondería tirar el dado sino ir directamente al puente en 12) 7 (si le salió un dos) 8 (si le salió un uno) De manera que, si hay suerte y registro de los correspondientes distintivos, podré encontrar el enlace, ¿no? Pero… ¿por dónde empezar? No sé si voy a tener más suerte empezando a buscar por los que llevan el 3 o, atendiendo al criterio de caminar en la dirección contraria a las agujas del reloj que he visto en los círculos, empezando por el 8. Así que obedeciendo a una especie de querencia me decido por esta opción y tengo: donde, empezando por 8 para z33 atendiendo al mismo criterio, en el segundo intento encuentro que, en efecto, aquí (*) está el enlace que busco. Y para que no vuelva a pasarme lo mismo hago el archivo para el distintivo z52 y lo coloco aquí. Etiqueta: Juego de la oca
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Distintivo nueve
11/12/2023
Una situación previsible
https://valentina-lujan.es/D/distintivonueve.pdf Elaborar una hipótesis para una explicación razonable de cómo pudo ser la trayectoria vital, cuáles las vicisitudes que tuvo que padecer y cuántas las vueltas que, montada en su carro de los mil rayos, se vio obligada a dar esta mujer que sólo compraba pan candeal hasta, desde la casilla 15 donde la colocase Raúl Colmenero, llegar a la muerte o, dicho de forma más poética, alcanzar el descanso eterno. Papeles
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Ignorantes
11/08/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/pensaronque.pdf Pensaron que trepaban a un ocaso abierto, soñaron en esparcían sus voces por entre los cantos que rondaban a beldades que vinieron a resultar esquivas, bromearon con algún atardecer lejano teñido de un color que se eclipsaba, rompieron el silencio burlón que amenazaba con ahogar sus desatinos, esparcieron por el azul de un cielo amodorrado las sombras abigarradas de sus tactos, vaciaron de su desnudez las risas desenfocadas de olvidados amaneceres consumidos, conminaron al diestro y al siniestro y al arriba y al abajo a congraciarse, extendieron sus mantos ondeantes sobre el batir de vértigos deshilachados en suspiros, arrullaron con sus voces tan cálidas el paso cansino de los días que iban marchándose, esculpieron, tejieron, desarmaron, asombraron, atenazaron, desterraron y, demasiado tarde, recordaron, también, algo tan frágil como que habían olvidado despertarse para poder seguir pensando, soñando y, quién podría ya saberlo, si bromeando o incluso burlándose, de sí, sin importarles ni pretender averiguar ser qué. 24 de septiembre de 2023 Quimeras
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Cuarto a espadas por la borda muere el pez
11/06/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/T/trebede.pdf Trébede comezón ligereza, diligencia barbanzón garabato, pernoctar alguacil fusiforme o, si a usted pudiera causarle más aplauso, arbitraríamos una solución, salina, o de continuidad si viene al caso, para, en tal estado de cosas, o de derecho camino sinusoidal del primer coseno — de pi, por ejemplo, por ir concretando — que le venga a usted, o a algún pariente, buenamente a la mano derecha según se entra o se sale del cuarto a espadas de la plancha pasaríamos a, sin denuedo y compostura ni más fin principalmente que el no tergiversar los hechos, interiorizar las cacerolas que, una vez bien fregadas sin olvidar frotarles con perdón el culo, tomarían posesión del uso y disfrute a que las hace acreedoras el elogio, tan sincero y expresado con tanto detalle y no menos cariño como el que ellos, allá, entre las espes… – Pero, y perdone por la integración, a mí me parece que nos estamos desviando del tema central, porque… ¿Porque? ¿Ha dicho usted porque? ¿Así, sin más ni más y de costado? – Talmente y, mal que me duela en el alma no le diré a usted mía pero sí de mi vecina del tercero que me la prestó en atención a su visita y somos casi podría decirse como hermanas, sin atisbo de pudor porque, y usted debiera de saberlo si prestara un poquito de aten… Es plausible, y voy a reconocérselo sin el menor empacho a pesar del ardor no propiamente patrio pero sí de estómago por causa de las judías con oreja y la docena y casi media de pasteles; pero, ¿no estaríamos — me temo y aunque se me pueda tildar, que no sería la primera vez ni la decimonona, de cobarde — yéndonos irremisiblemente por las ramas de aquel abedul de allí enfrente? – Y que hombre por Dios — que tuve así al pronto no sé qué sensación de que lo decía sin pensárselo mucho ni venir poco al paso, corto, semejante más a un trotecillo que a algo más sostenido e intrincado — y por la virgen y por… Los santos, sí, todos, en sus peanas; ya lo sé. – Y que a ver si es que lo que pasaba esque no me había yo documentado, antes de emprender viaje para proceder desde tan antiguo a la entrevista, en (o de) que su memoria es proverbial y sin resquicio de arquitrabe o angostura. Arguyendo que si, al objeto meramente regulador de sintonizar sin desvaríos — y que esto no era, puntualizó, una pregunta ni por asomos a la ventana cerrada a cal y a canto en do mayor capciosa —, no sería más acertado seguir dando vueltas a la ruedecilla del dial para dar con la frecuencia deseada y nunca impuesta o, por no entrar en detalles incómodos de esos que aprietan y terminan por hacer rozaduras, continuar rumiando con la misma parsimonia de siempre. – Y, ¿usted? Yo, ¿qué? – Que qué hubiera hecho usted, en mi caso, quiero decir. Imagino que, si la información de que dispongo no es errónea, volver a lo mío, quiero decir a “lo suyo” y, lejos de consideraciones despaciosas que suelen terminar tirando como todo el mundo sabe cuando no la cabra al monte, levantar la cabeza y elevar mis afanes a lo más alto de la capacidad discursiva de que Dios, nuestro señor, en su infinita magnanimidad, nos ha dotado. Quimeras
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Averías
10/13/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/elrelojporel.pdf El reloj por el que habitualmente me regía era el de la radio, digital ella, donde la hora aparecía en dígitos negros sobre fondo verde fosforito; pero el sábado por la noche se escacharró. Primero no sabía que el problema estuviese en la radio. El diferencial saltó — bueno, lo que toda la vida se llamó fundirse los plomos— a última hora de la noche. Oí un chasquido fuerte y seco, bastante cerca de mí, y mi casa se quedó a oscuras, y la televisión se calló y la pantalla del ordenador se marchó y yo — de esas cosas tontas que se hacen — tanteé a ciegas la mesa para localizar mis gafas y, con ellas puestas, buscar una vela y un mechero. Me sorprendió bastante que aun con gafas todo lo que mis ojos distinguían era la escasa claridad de las farolas que lograba atravesar los cristales bastante, por cierto, sucios. Pero no me las quité, detrás de mis gafas me sentía protegida frente a cualquier amenaza de las tinieblas. Traté de recordar dónde podía haber una vela, pero de inmediato entendí que me iba a ser más práctico tratar de localizar el mechero que, seguro, estaría encima de la mesa y, seguro también, mis manos tantearon pero yo desprecié cuando todo mi afán se centraba en encontrar las gafas. Y sí, encontré el mechero. Encontré el mechero y lo encendí, y a la débil luz de su pequeña llama adiviné la vela en una de las estanterías polvorientas en las que se amontona algunos centenares (pocos, no más de cuatro o cinco) de libros que en su mayoría ni he leído ni pienso leer… Encendí la vela, salí de la habitación con cuidado de que al salir yo no se colara un gato y caminé unos pasos hasta el diferencial o, para entendernos, los plomos de toda la vida. Y allí estaba, saltado, quiero decir hacia abajo, el pitoche ese que va aparte y es más gordo y, de los más pequeños — de esos que hay que saberse este es de los enchufes, este es de los interruptores, y otros dos que tengo que uno es de los enchufes con eso que se llama toma de tierra y están en la cocina porque son de la nevera y la caldera y, el otro (pitoche de los pequeños) que no sé de qué es — también hacia abajo el que ya había saltado hará cosa de un par de meses y, para hacerme yo la vida fácil, le puse previsora y a rotulador enchuf. Repuse los dos y, bueno, ya sabía algo. El problema estaba o en algún enchufe o en algo enchufado. La tele funcionaba, el ordenador funcionaba, todo funcionaba y, en la pantalla verde fosforito de la radio pestañeaban los cuatro dígitos — todos en cero, claro — de la hora que, me dije, luego pondría valga la redundancia en hora, cuando consultara el librito de instrucciones que explica cómo se hace. Y seguí haciendo solitarios hasta que cosa de media hora después los plomos se fundieron de nuevo, pero esta vez y para mayor comodidad, sólo saltó el diferencial de los enchufes, el gordo no, así que sin mayor problema y sin tantear sobre la mesa ni buscar vela ni mechero, lo repuse y seguí con los solitarios. Cuando ya me iba a acostar me percaté de que la pantalla verde fosforito de la radio no estaba verde sino negra, y que no había dígitos que pestañeasen, y que al apretar el botón para que hable ella se quedaba callada; así que quise desenchufarla — no sé por qué, la verdad, porque si total no funcionaba — y fue al tirar del enchufe cuando soltó un nuevo chasquido y un destello que dejaron a continuación la casa a oscuras. Repuse los pitoches, el grande y el pequeño, y me llevé la radio a probarla en otro enchufe en el que tampoco funcionó. Así que enrollé el cable al aparato y ahí está, es espera de que me acuerde de bajarlo al contenedor de la basura. En fin, que ya no tenía reloj ni radio, que ya no hablaría para ayudarme a conciliar el sueño. Dormí mal, acostumbrada como estoy a dormir escuchándola dormí mal. Y porque dormí mal debió de ser por lo que cuando salí de la habitación para ir a buscar el otro reloj — porque tengo otro, sí, que funciona con una de esas pilas que son como del grosor de un dedo — y vi la hora pensé que me había levantado muy pronto. Me puse a lo de los solitarios echándole (al de la pila) ojeadas de vez en cuando y pensando (porque algunas veces pienso algo) que la mañana avanzaba despacio; pero no me extraño porque las mañanas — y más las de domingo — suelen avanzar despacio para todos y, de manera especial, para las personas solitarias. Hasta que llegó un momento en que consideré que la lentitud era excesiva y fue entonces cuando se me ocurrió mirar la hora en la pantalla del ordenador, ahí, tan cerca, en la esquinita de abajo a la que no había prestado atención tan absorta en los solitarios. Estuve vigilando un rato para terminar comprobando que una media hora en la pantalla eran no más de un par de minutos en las... Sin etiquetar
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Con el culo al aire
10/13/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/P/preparavent.pdf Prepara ventanas asimétricas, huevos duros y hornacinas con camafeos que van más allá de los signos heráldicos de los monótonos escudos nobiliarios que vieron los ojos de los niños que no serán viejos, ni tendrán memoria, ni vestirán ricos brocados que trajo quién sabe de dónde algún navegante que inventó leyendas de tierras lejanas y gentes distintas; prepara, también, una larga hilera de cuentas perdidas de rosarios rotos que con sus misterios, ahora mutilados, no cerrarán nunca el círculo errático de rezos cansinos que ancianas de luto y púberes sordos bordarán al paso de estrechos caminos de luces y sombras que, entre las almenas de antiguos castillos o desde lo alto de alguna promesa hurtada al destino, atisban llegadas de inviernos que hielan de miedo y de frío la sangre sedienta de venas vacías de tantos tan torpes informes perversos malquistos glosando dispares certezas huidizas, que se desvanecen, tan pronto las pintan, no dejando luego tras de su caída más que el sabor acre que empaña y aviva las furias que duermen en la entretejida hilaridad cósmica de cuantos destinos quedaron zanjados junto a los caminos que ya no conducen más que al bien perdido pasado remoto de los elegidos por la mala suerte y de los que, insomnes, soñaron con ritos que iban a salvarlos de nada que pueda ser contravenido por leyes perversas que un día dan un giro y dejan desnudos, con el culo al aire, a los que obedientes dijeron “te sigo”. 29 de junio de 2012 Sin etiquetar
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2310105561893
Lo de siempre
10/10/2023
Desconocido
http://valentina-lujan.es/doc/O%20no%20tan%20.pdf O no tan “lo de siempre” puesto que todo el interés residía en que no siempre era igual. No sólo es que no fuese igual sino que sufría una modificación continua. Variaba lenta, muy lentamente, de un día, de una noche para la siguiente y el juego había consistido en un principio ― o en lo que se dio a posteriori (tal vez suene pedante, pero entre “nosotros” la petulancia o afectación y un largo etcétera como ego, vanidad, afán de protagonismo o deseo de hacerse notar no obtuvieron reconocimiento hasta muchísimo después) en denominar “principio” y había sido en realidad sólo el momento en que alguien, de forma totalmente inocente, sin prestar al hecho mayor importancia, se dio cuenta y dijo “mirad” ― en atrapar el instante del cambio. – Ya está ― replicó Myhsbk tras haber dedicado apenas una ojeada, con su sempiterna sequedad ― ¿Y? – ¿Cómo que “y”? ¡Está diferente de hace un rato! – ¿Diferente? – Poco, pero ― y a Pklus no se le despintaba nada que fuese apenas apreciable ― sí. Myhsbk alzó apenas la cabeza y tras echar una nueva ojeada aseguró “está igual que antes”. – Apenas han pasado unos minutos, Myhsbk. Tal vez el rato haya de ser más largo. – ¡Tú y tu exasperante paciencia, Lewhgif! ― protestó airadamente Gjifsw ― ¿Cómo ha de ser según tú un rato razonable? – No sabría decirte exactamente; pero sin duda habrá, y si no ya lo veréis con el tiempo, ratos y ratos… – Y algunos, empiezo a sospechar ― intervino Srailkt con amargura ―, se harán terriblemente largos. – ¿Y qué? ― preguntó Uhlkthñ con su tono burlón, abriendo sus manos en el aire. Luego las dejó caer y exclamó ―: ¡no es más que una cuestión de simple tiempo! – Y eso ― Sijgäw, bostezando, que parecía sufrir de una invencible pereza congénita ―, a nosotros (bostezo) nos sobra… Finalmente cerró la bocaza y rascándose la barriga largó de un tirón: ¡Será por tiempo! – Oh, sí; desde luego tenemos muchísimo; bueno, casi todo ― habló Horjuwy ―. Pero eso no implica que nos debamos dormir en los laureles. – Ahí iba yo ― agarró la ocasión por los pelos Srailkt para expresar el porqué de su amargura. Y sentenció ―: Algo tiene que cambiar. – ¡Muchas cosas cambiarán! ― Uhlkthñ, dedicándole una de las sonrisas que reservaba para quienes contaban con el privilegio de su amistad. Y como viese que Srailkt mantenía la cabeza gacha y el ceño fruncido le dio una palmada afectuosa en el hombro y ―: ¡Vamos, Srailkt, anímate! – “¡Vamos, Srailkt, anímate!” ― y abandonando su actitud taciturna, como reaccionando ―: ¡“¡Vamos, Srailkt, anímate!”, y Sijgäw bostezando y Uhlkthñ con su tono burlón... – ¿Tono burlón? ― lo era más, en verdad, de sorpresa ― ¿Uhlkthñ tono burlón? – ¡Sí, sí, sí! ― alzando la voz Srailkt, apretando los puños con el suyo vehemente ―: ¡Uhlkthñ tono burlón, Uhlkthñ tono burlón, Uhlkthñ tono burlón! Y Sijgäw bostezando y Gjifsw protestando y Myhsbk replicando y… – ¡Vamos, criatura ― alguien ―, cálmate! – ¡Vete a hacer puñetas! ― replicó, propinándole un codazo y, tras un resoplido, con ímpetus renovados ―: Y Lewhgif exhortando a la calma y... ¡Por todos los santos: no hay cristiano que lo aguante! – No somos cristianos ― Pklus, tan observad… – ¡Que te calles! – Pero si ― Kgyaert, que había permanecido en silencio, mascando chicle con parsimonia ―… ¡¡Lo ha dicho todo seguido!! Y miraba en derredor como en demanda de apoyo a lo que en su sonrisa radiante podía leerse como “¡Qué proeza!”. – A mí ― con timidez Horjuwy ― me ha comido… – A ti; bueno ― Kgyaert, que hizo un globo enorme. Luego, cuando lo hubo sorbido sin que se le rompiera ―: Pero, en general muy bien… ¡Joder! * (Pero y del azucarero qué) * Papeles
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La biblioteca
09/28/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/L/labiblioteca.pdf Es asombroso cuántas cosas, objetos, en su mayor parte innecesarios, acumulamos las personas en ese lugar que denominamos “mi casa” y que no alberga aquello que nos va a hacer la vida más sencilla o agradable sino lo que (imaginamos) suponen nuestros amigos, o conocidos, o familiares, que vamos a tener en ella. Y es que nuestras casas no son la guarida que nos da cobijo sino el escaparate desde el que nos mostramos; igual que las prostitutas (¿es en Ámsterdam?) muestran desde detrás de las vidrieras sus encantos muestra el lector, por poner por caso, los suyos exhibiendo hileras de títulos dando fe — al que sea propenso a tener fe, que no estará necesitando que se la dé nadie ni de nada — de cuánto le interesa la filosofía, o la economía, o la poesía, o la historia, o las ciencias o, incluso y en el colmo del mal gusto, la biográfica. La biografía es el colmo del mal gusto y el paradigma de la literatura cutre porque, qué biografía; ¿qué busca el lector cuando lee la vida y milagros de tal o cual científico, o filósofo, o poeta, o pintor? El aspecto interesante del científico está en su ciencia, en sus investigaciones y en sus estudios; y parece lógico que si su nombre ha trascendido y perdurado y llegado al conocimiento de las gentes esas gentes habrán de acudir a sus obras, y empaparse de ellas, pero no de la vida privada que suele, además, ser bastante aburrida cuando no decididamente cutre. ¿Y qué derecho tiene escritor ninguno a que el pobre científico que dedicó su vida puede que con toda inocencia a quién sabe qué cosas rarísimas y sin preocuparse de nadie — porque los científicos, lo mismo que los filósofos, son muy suyos, maniáticos y obsesivos, y no es costumbre que se ocupen de la gente — se vea convertido en objeto de chismorreo sólo porque él, el escritor, es incapaz de escribir algo más imaginativo? Pero no son los géneros literarios lo que me ocupa en estos momentos, ni el género de lector que siente inclinación hacia tal o cual género, sino la manía que todo lector que quiere ser entre los de su círculo reconocido como tal tiene de almacenar libros. Hubo una época, hacia el final de los setenta (siglo XX), cuando estaba de moda ser intelectual y por supuesto de izquierdas, en que “excepto mis discos y mis libros” era frase que repetían todos los progres que abogaban porque todo había que repartirlo. Todo menos sus discos y sus libros, que eran sus bienes más preciados… Aquellos progres, muchos de los cuales nos vienen gobernando desde hace más de un lustro (porque le cogieron el gusto a ser progres y ahí se quedaron, como metidos en alcanfor y tal cual; va ya para cuarenta años) o están almacenando otra cosa — que por más que discurro no se me ocurre qué pueda ser — o están tan ocupados en amasar (tampoco se me ocurre qué) que no tienen tiempo de leer o, prueba de ello, es cómo no hará más de un par de días, o ayer mismo, el ministro de Fomento don José Blanco decía «si lo miramos con “prespetiva” histórica». Pero tampoco es la política ni los políticos en lo que quiero centrarme sino en las personas y en su cómo entienden el buen vivir y cómo ha de inferirse qué es su concepto de confort para sus entornos vitales; que no tiene por qué corresponderse con la idea de rodearse del menor número posible de preocupaciones e incomodidades. Así — y regresando al tema de los libros — el que se denomina o se tiene por lector se siente obligado a tener la casa (que ya hemos dicho que es el escaparate desde el que nos mostramos) atestada de libros cogiendo polvo que, luego, hay que limpiar…; limpiar o dejar que se acumule alegremente sobre ellos. Pero ¿qué dirían las visitas si viesen nuestra biblioteca cubierta de polvo? De manera que hay que limpiar el polvo o, si no gusta hacerlo (y no gusta) hay que tener a alguien, un extraño que de algún modo va a ser juez — o testigo, cuando menos — de nuestra forma de vivir y que, en atención o estricto cumplimiento de qué es la condición humana, contará a sus amigos o parientes o conocidos, cómo es el entorno de tal o cual persona a la que presta sus servicios. De esa forma, tan simple, uno, el que vive a lo que podría de forma perfectamente lícita ser “su manera” pierde, por culpa de los objetos y de las circunstancias que los objetos acarrean, algo de su privacidad y su manera. Y perder la privacidad es molesto, cuando menos; y cuando más puede llegar a ser incluso peligroso porque cuanto más de nosotros sepan los extraños de más armas dispondrán con las que dañarnos. De lo que se deduce, por resumir, que mejor que poseer libros es acudir a la biblioteca pública; y mejor que tener cuadros ir a visitar el museo del Prado, y mejor que tener joyas irse a mirar los escaparates de las joyerías de la calle de Serrano. Así no hay que malgastar el tiempo en atusar la casa, ni en perderlo con quien la atuse, que... 28 de septiembre de 2011 Soliloquios
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De recuentos mal cortados
09/22/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/D/derrecuentos.pdf a buen recaudo perdidos entre las hojas de tiempos, pasados que no a cuchillo, por las cuentas que se echaron hasta el fondo tan perdido de formas que se olvidaron de ser las que dan cobijo a quién sabrá que otros puertos, qué lugares ni qué olvidos, que remonten tempestades, mecidas, ya sin descuido, arrasando por lo sano sin dolor y sin perjuicio con qué quedó de una nada impostora de extravíos; se forjarán – entre rejas, de barrotes enredando sombras que iluminen cirios apagados por sedientos o rebeldes por uncidos, proclamando, a mil derivas, que un nuevo antaño es venido – otros cuentos bien servidos a los pies de pedestales aletargados que sueñan con dormir a sueño limpio.
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Según dice mi amigo
08/27/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/odichoconmas.pdf o, dicho con más propiedad y para que se vea que no pretendo ocultar mis errores, “según habría dicho mi amigo” si yo ― en vez de dejarme arrastrar por las apariencias tomando como paradigma de la sensatez, del aplomo y de la elegancia a aquel señor de la corbata de rayas gris perla, que desayunaba en la misma cafetería que yo cada mañana, y me impresionó por la elegancia con que, después de haberlo cortado con cuchillo y tenedor, mojaba el croissant en el café con leche ―, hubiese tenido la perspicacia de fijarme en un hombre menos atildado, tal vez (sin corbata y con zapatos náuticos y una chaqueta que no pegaba nada con el pantalón), menos atildado pero de apariencia y de modales mucho más auténticos para representar el personaje de mi amigo quién sabe si, aun sin corbata, me hubiese asesorado, aconsejado de otro modo o esperado de mí una obra diferente de la que (aun con muchas protestas de “yo no quiero influenciarte” y todas esas cosas tras las que siempre intentó disimular su temperamento autoritario) mi amigo me está continuamente con mucho saber hacer y mucha paciencia y mucha mano izquierda imponiendo y sintiéndose, a su vez — porque lo he llegado a conocer tan bien que me doy cuenta por más que se esfuerce él en disimular —, frustrado cada vez que las cosas no salen como él las ha imaginado. Pero, ya digo, no me fijé, cuando de nada sirve a estas alturas lamentarse ni existe posibilidad de rectificar ― porque, sí, y yo lo entiendo, entiendo perfectamente, porque por qué no, que puedo cortar (valiéndome de cualquier excusa) la amistad con mi amigo, o cortarla él conmigo (también él valiéndose de una excusa cualquiera), pero, hoy por hoy, hoy por hoy es mi amigo y, hasta mañana por lo menos (y nunca antes de las siete porque después de comer yo he de ir a casa de los Ramírez, que ya he quedado, y él, creo, tiene que ir al dentista) no nos queda más remedio que seguir siéndolo; y, como estoy escribiendo en presente, no puedo rectificar lo que no podré hacer hasta mañana por lo menos ―, en aquel hombrecillo gris que, mientras mojaba (con la mano izquierda, que vi que era zurdo) porras en el descafeinado con leche con el meñique estirado y adornado, el anular, con un anillo con sello, pasaba las hojas (empezando por el final, prueba inequívoca de su vulgaridad) de un periódico deportivo con la derecha en cuya muñeca lucía (como todos los zurdos que llevan reloj) un reloj con correa, de color marrón, un poco raída, que no me llamó en absoluto la atención ni reparé, al pedir él la cuenta al camarero (sin decir “por favor”) con una voz algo chillona que me desagradó, en que, con la misma mano izquierda con que mojaba las porras y sin limpiarse los dedos en una servilleta, sacaba del bolsillo (un poco descosido, que le asomaba el forro) de su pantalón un monedero, muy usado y de cremallera, del que extrajo unas monedas que, tras contar y revisar cuidadosamente (se puso unas gafas de montura de carey que sacó de una funda que llevaba en el bolsillo superior de una americana de cuadros) deposito en el platico en el que el camarero le había traído la nota, y cogió la nota y la leyó y la tiró al suelo, y se quitó las gafas y, una vez devueltas a la funda y la funda al bolsillo, salió por la puerta del local sin decir ni un hasta luego ni un adiós y, pude ver, cómo, caminando y de espaldas, se rascaba, digamos que allá donde la espalda pierde su nombre y, en el centro de la coronilla, una calva (no incipiente sino bastante ostensible) que, esa sí, me llamó un poco la atención, porque me pareció que era demasiado joven, que si pasaba de los veintisiete no podría estar siendo más de un par de meses o, incluso, tan sólo cinco semanas. Pero, ya digo, dio la maldita mala suerte de que no me fijé en él y, por tanto y como es natural, no pudo ser el modelo de amigo que me hubiese convenido elegir para que dijera otra cosa que no fuese (pero dicho estaba), aunque dicho con más propiedad, que no soy Shakespeare. Versaciones
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Y sin lograr terminarlo de encauzar
08/27/2023
Don Aurelio
http://valentina-lujan.es/Y/ysinlograrter.pdf Que debió de ser, ahora lo recuerdo, cuando estaba aquí, en este “explicaré por qué en otro momento” ― y lo intuyo porque la sensación de desasosiego que siempre me ha resultado muy familiar al revisar los folios buscando la raíz, los orígenes, de algún relato que no logro ubicar (y que además me pasa mucho) sin el menor éxito pese a mis rastreos y tenaces esfuerzos poniéndome, además, más crispado todavía y que, como es natural, también me asaltaba cada vez que me encontraba con éste (este folio, quiero decir) sin conseguir que ni siquiera la nota de más abajo me ayudara ni me aclarase nada y me quedaba ahí parado como un tonto sin saber localizar cuál era el “algo”, o el “propósito” o la “idea” que alguna vez había tenido en la cabeza y, luego, (“ahora” en la nota de abajo, pero que deja de serlo para convertirse en un “entonces” porque mi “ahora verdadero” es en el que estoy ahora mismo, como es lógico) se me había marchado, hoy, sin embargo, hoy mismo al tropezarme con el folio y apartarlo a un lado sin prestarle atención porque no era el que de momento estaba necesitando, he notado, al apartarlo, ya digo, con tan perfecta y sosegada indiferencia que “¡Pero, joder, qué pasa hoy que no sientes la sensación de desasosiego!” y, casi sin darme como quien dice cuenta, me había tranquilizado ―, fumando un cigarrillo tras otro, nervioso y angustiado tratando de recordar y garabateando una docena de veces con trazo nervioso en el reverso de un expediente lo que, arriba y a mano, va entre paréntesis pero sin los paréntesis. Y con esa tranquilidad (la de hoy, no la de tantas otras veces), con esa especie de sentirse liberado de la angustia, he podido sin la menor dificultad ver (quiero decir “evocar”) lo que se me ha resistido durante tanto tiempo y revivir con perfecta frescura y con toda la intensidad de los colores originales e incluso con los aromas, aquel día lejano en que tuve la disparatada ocurrencia ― que con tanto pesar habría de recriminarme a mí mismo con harto frecuencia, pero tan atareado como he estado siempre dando vueltas a este asunto que me ha traído loco me venía mal el hacerlo y lo dejaba “para mañana”, de modo que de “harto”, en realidad, “frecuencia”, nada; pero estoy harto (ahora sí, porque soy yo quien lo está, y de verdad) de pasarme la vida retrocediendo y haciendo modificaciones y correcciones y sin conseguir, que debiera de ser mi verdadero propósito, avanzar apenas ― de urdir un plan tan irrealizable como el de ,tras tantos años de alejamiento, reencontrarme sin saber ni cómo ni por dónde ni en qué ámbitos o por qué tipo de barrios o de calles ni en qué dirección me convendría moverme con un compañero de colegio de la infancia con el que fui (por motivos que tendré que estudiar, pues siempre he sido persona retraída y poco proclive a entablar amistades estrechas) uña y carne o ― por si no hubiera forma, que a veces pasa por mucho que uno se afane aun en las justificaciones y conexiones más peregrinas, en la esperanza de que el lector (en esa especie de ansiedad por llegar al final y enterarse del desenlace) las pase por alto aunque estén siendo bastante infumables ―, aquella otra (“ocurrencia”, digo), de meterme a funcionario sin pararme a considerar que, estudiante tirando a malo que he sido siempre y bastante difíciles que son de sacar unas oposiciones tan reñidas, más cuenta me habría tenido el dedicarme a (a instancias tal vez del insistente gotear del grifo de la cocina, que me tiene frito pero sólo me doy cuenta cuando estoy intentando concentrarme, que es el momento menos oportuno) la fontanería y arreglarlo yo mismo u otra (“amistad”, esta vez, otra vez) como la que de forma tan imprevisible se empezó a forjar por, total, una pajarita de papel o, por darle un poco más de emoción, la grulla (que es mucho más difícil) o, más sencillo pero con la dificultad bastante ardua de salvar como es el proveerse de papel reversible (porque no queda igual de gracioso cuando no lo es), el pingüino con las críticas, añadidas e innecesarias para hacerlas a un extraño, por parte de la suegra cuando dijo “aunque ese a mi nuera no crea usted que le sale muy bien”, aquel otro día del bacalao al pil pil. Versaciones
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Un tipo con más recursos
08/27/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/untipomasrecur.pdf y más seguro de sí mismo de lo que yo era; más capaz de con sus propios medios y valiéndose tan sólo de sus dotes de improvisación saber idear, maquinar una treta o ardid mediante el cual hacer prosperar y llevar a buen puerto su propósito — “mi propósito”, en realidad — de zanjar un asunto tan engorroso de la manera más limpia posible y presentarse tan fresco ante su amigo — es decir, “mi amigo” — alegando con cara triste y tono compungido que todo, absolutamente todo se había perdido ya por extravío ya por (como en algún momento se consideró pero no se llegó quizás a tomar del todo en serio) aquel asunto del café que alguien tuvo la mala sombra de derram… Pero, ¿cuánto podía importar ya eso? Cuánto podía importar cuando los hechos, consumados y de vuelta ya nosotros cariacontecidos y malhumorados porque no hubo forma — o, bueno, para ser exactos no es que no la hubiera, pero cuando llegamos al Cofee & Shop de la Carrera de San Jerónimo, el que estaba justo enfrente de la tienda de novias, lo habían cerrado; y no cerrado por descanso del personal o porque fuese tarde, que además tampoco lo era tanto, sino “cerrado”, definitivamente y el local lo ocupaba ahora un establecimiento dedicado a la venta de juguetes eróticos aunque, para contarlo todo con precisión, la tienda de novias era ahora una de esas oficinas desde la que se puede enviar dinero a cualquier parte del mundo; pero la tienda de maletas que había al lado continuaba ahí aunque con las maletas más modernas y ya con ruedas — de encontrar a la chica de las botitas, fueron bastante más dramáticos y descorazonadores de lo jamás imaginado, absolutamente frustrantes y como para quitarle a uno la poca fe que le quedase en sus congéneres porque fue el chico mayor, el tan sensato él y tan aplicado y tan responsable, tan paciente para con el abuelo traduciendo su lenguaje de signos, el que dijo con absoluta frialdad y tono perfectamente sereno: – Sí, he sido yo, ¿qué pasa? – ¿Tú? — Yo, perplejo y sin acertar a dar crédito. – Sí — él, muy cruzado de brazos y alzando con insolencia su barbilla —: y no se alborote. Lo he hecho por su bien. – ¿Por mi bien? – Sí. – ¿No huele aquí raro? — Preguntó Ramírez resoplando cuando entró en la habitación, desabrochándose el abrigo después de dejar al pequeño en la suya. – ¿Por mí bien? — Insistí, sin presta (francamente irritado) atención a cierto olorcillo en verdad extraño — ¿Pero en qué cabeza cabe que… – ¡Por supuesto que no!, naturalmente… En absoluto he pretendido… — Ramírez, sacándose con gesto concentrado una de las mangas —; pero, no sé… A algo como chamusquina . – El fuego — adujo el chico — lo purifica todo y… — me miró a los ojos un instante, pestañeó y agregó —: sus páginas, usted perdone, eran malísimas. – ¡Maldito mocoso! – ¿Quién ha dicho — Ramírez, con la otra manga a medias y los ojos como platos — “¡maldito mocoso!”? – Pues yo — indignado, muy en mi papel en mi afán de convencer a mi amigo de que yo era del todo inocente —, ¿quién iba a decirlo? — Y mirando al chico con ojos de asesino —: ¡Un chico que parecía tan modoso, tan sensato, tan aplicado… – Oh, por favor — la abuela, a mí —; es muy comprensible… y de agradecer, su buena voluntad; pero negar la evidencia no va a solucionar nada —. Y dedicando una mirada lenta, parpadeante, a su esposo en la butaca, en tono alto y claro como quien está declamando en un escenario y ha de ser oído hasta en la última fila del tercer anfiteatro —: Ha sido él. – No se lo crea — Sonia, con semblante apesadumbrado, tras un suspiro muy profundo —; parece un dechado de virtudes, pero… ¡si una hablara! El lunes pasado, sin ir más lejos, telefoneó el director del colegio que había hecho el muy bribón novillos… – Es que — el hermano pequeño emergiendo, restregándose los ojos, de su última fila de anfit (perdón), quise decir “del profundo sueño en el que permanecía sumido allí, en el sofá, donde su padre minutos antes lo dejara”. – ¡Pero si yo lo había llevado a la habitación! — exclamó Ramírez quitándose por fin el abrigo y encarándoseme con el ceño fruncido. – Es que, así — Sonia, que pese a sus excentricidades y esas carcajadas extemporáneas que soltaba de vez en cuando se comportaba a veces como una persona sensata —, sólo de viva voz y teniendo que memorizar, llevarlo todo en la cabeza… ¿no tenemos folios en alguna parte? – Es que en esta casa no somos muy de… – ¿Y eso quién lo ha dicho? – Otra vez él — la abuela, que tal vez cansada a tan altas horas de la noche había perdido fuelle y, esta vez, no se la hubiese oído ni desde el primer palco de platea. Tal vez por eso nadie le hizo caso. – Pues como que es verdad — el chico mayor, que se nos había versaciones
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Alterego 11
08/26/2023
Valentina Luján
http://valentina-lujan.es/B/alteregocontiunorep.pdf … el resto lo dejo en sus manos y en su saber hacer, con el ruego de que una vez superado el escollo (tan insalvable para mí, pero tan sin duda sencillísimo juego de niños para usted porque, de lo contrario, dígame, si es tan amable y antes de marcharse, cuál estaría siendo su papel) recapacite acerca de su decisión de abandonar y más cuando, dada su profesión (que no podría haber otra por cierto más acorde con las habilidades que requiere para su desempeño la labor que estoy encomendándole) estoy convencido de que es la persona ideal para hallar el punto de equilibrio entre nuestros respectivos órdenes de prioridades. − No, si, recapacitando, tal vez… Ya le digo que es lo que se me ha venido a la cabeza. Pero siempre se está a tiempo de rectificar, a menos que no sea demasiad… No, claro. Si se pasa es más complicado, con la sal… − Con la salvedad, es justo lo que pretendía decir, de que si, pese a mi forma que reconozco un poco precipitada de replicar usted considera posible que, entre los dos, saquemos adelante algo que no sea un pestiño… No tiene necesariamente por qué serlo. Salta a la vista que es usted persona perspicaz, intuitiva, y si en algún momento se excede en, por ejemplo, el almíbar… − En eso precisamente no creo que haya peligro de que me exceda. Soy, según dice mi madre, persona bastante adusta… ¡Pero eso es estupendo! − ¿Ser adusto? No. Tener una madre con la que poder dialogar… Yo, desgraciadamente, me quedé huérfano muy niño. − Vaya, cómo lo siento. Pero no crea que dialogamos mucho, que en cuanto nos ponemos a hablar surge la discusión… ¡Ah, qué envidia me da usted! No se imagina cuánto me gustaría tener mi propia madre para entablar discusiones. − No. Si tampoco entablamos tantas, no se vaya a creer. Que en cuanto la cosa se pone fea y no sé por dónde tirar y temo perder los papeles… Porque mi madre, se lo aviso, es muy nerviosa, muy voluble, se va de una cosa a otra, lo mezcla todo, que tan pronto me reprocha el no llevar la camisa y la corbata conjuntadas como el no haberla acompañado con el coche al dentista una tarde de invierno que verdaderamente diluviaba pero… Total que, por lo de los papeles, ya le digo, la dejo con la palabra en la boca y agarro la puerta y… Se marcha. Sale de la habitación a grandes zancadas, da un portazo con gesto airado y, con el ceño fruncido ya en el pasillo… o en el jardín si su casa, ¿o estamos en la de su madre?, tiene jardín… − Estamos en la mía. Debe de haber venido a visitarme bajo el pretexto de que ando algo griposo y, como no sé cuidarme según ella que dice que siempre he sido un inútil… Pero no tengo jardín; nada más, si es que le sirve, un balcón o bueno, una terraza, pero pequeña, con unas jardineras y unas petunias… Pues a esa terraza, que siempre ofrece más posibilidades que un pasillo de contemplar el horizonte, las nubes de tormenta, los tejados, las montañas a lo lejos si tiene usted la suerte de vivir en un piso alto y no como yo que vivo en un tercero interior. A esa terraza sale usted y… − Pero entonces no doy el portazo. Que las puertas son de cristales, y de un humor horrible comprenderá que es posible que lo dé demasiado fuerte y se rompan. Ello abriría nuevas posibilidades, que habría que recogerlos, maldecir de la mala suerte, ir a buscar la escoba o llamar a la doncella… − No tengo doncella. Bueno, pues no la llame. Salga a la terraza y, con dedos nerviosos, saque un cigarrillo del paquete de tabaco que lleva en el bolsillo de la chaqueta del pijama… − ¿Qué le hace pensar que estoy en pijama? Que está usted enfermo, tiene gripe. − Ah. Es verdad. Pero usted, sabiendo que con ello irritará a su madre que permanece pensativa en la habitación contemplando absorta las llamas anaranjadas y rojizas de la chimenea… − Tampoco tengo chimenea. Pues que su madre ni piense ni mire las llamas. Usted fume, aunque sólo sea por fastidiarla. Y ya está. − A usted le parece muy fácil, pero… ¿Qué, que no fuma? Había pensado que, como antes, cuando no estábamos en la calle… − No, si eso sí. Pero al sacar el paquete del bolsillo me percato de que los cigarrillos se me han terminado. Espachurre entonces el paquete vacío entre sus dedos y arrójelo lejos de usted, fuera de sí, o entre si lo prefiere porque no tenga ganas de golpear a algún transeúnte en plena calva… − O a alguna mujer con moño o con sombrero. Podría ser. Pero si le va a dar a usted, con su manía de adornar, por describírmela de los pies a la cabeza, que las señoras con sombrero suelen llevar guantes, y zapatos y bolso a juego, y un broche con forma de papagayo en la solapa del abrigo, y zapatos de tacón alto y fino, va a ser mejor que, como le digo, regrese al interior de la habitación y siga discutiendo con su madre o, en fin, usted verá, que cabe por qué no la posibilidad… (continúa) Alter
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Alterego 1
08/26/2023
Valentina Luján
http://valentina-lujan.es/K/alterconticinco.pdf Vamos a dejarlo en “todo lo veraz estipulado en las cláusulas de nuestro acuerdo” que le agradeceré, por cierto, redacte a la mayor brevedad posible y me envíe a la… bueno, digamos ídem y usted al pasarlo a limpio ya lo pule y le pone el suyo (o, bueno, “mío”, usted verá) afectísimo y todo eso, a portes debidos por medio de un mensajero. Que no sé usted pero yo ardo en deseos de ponerme (o, bueno, de que usted se ponga; que nunca daré a Dios las suficientes gracias por haberlo colocado en mi camino, que ya ve usted qué mal se me dan estas cosas) manos a la obra. Y ahora me va a perdonar pero tengo que dejarle, que debo poner su comida al periquito. − ¿No era un canario? ¡Qué haría yo sin usted! Alter
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Esperando
08/25/2023
La criada de don Federico
https://valentina-lujan.es/Q/quealomejyacau.pdf que a lo mejor y a causa de sus protestas ― porque “la tuerta” , tan pagada como estaba de sus dotes de mujer intratable y madre muy pero que muy leona, vivía absolutamente convencida de que por no soportar sus monsergas y las retahílas de lamentaciones en las que se prodigaba enumerando todas las desventuras que había echado Dios sobre sus pobres espaldas se terminaría haciendo lo que a ella le gustase ― se le terminara dando a su hijo el puesto mucho más lucido de aquel don Astolfo con el que siempre había soñado en la creencia, no por completo refutada pero aceptada de mala gana y con muchas reservas, de que había sido un señor con perilla y bigote ataviado con un traje que, pese a estar un poco pasado de moda, le confería un cierto empaque con aquella calidad que se veía tan buena y su rayita muy fina y, enfatizaba ella, “muy diplomática”. Papeles
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