Sé que si me pillan, me la juego. Pero saber que está en la habitación cercana al otro lado del pasillo, sola como un armiño suave de ojos claros y pelo blanco, enmadejada en el sopor de la calidez de su nido, me hace saltar de la cama como un sonámbulo haciendo malabares en un precipicio.
Me deslizo por el pasillo, sin poder evitar el chasquido de las babuchas que arrastran mis pies. Mis movimientos no me parecen distintos de aquel que saltaba mares salpicándose de montañas. Tengo, gracias a e
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