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Runners
12/22/2025
Mariano Sánchez
Miguel (43) es un tipo promedio con una vida promedio. Laburo administrativo que no ama ni odia, doce años de pareja con Coca (41) y prácticamente ningún sobresalto. No tuvieron hijos, pero Miguel crió a Justina (15), la hija de ella, como propia. El problema es que Coca se aburrió de la vida en piloto automático con Miguel. No hubo gritos, reproches, ni terceros en discordia. Simplemente, ella sintió que se le pasaba la hora y decidió cortar por lo sano.
El golpe es contundente. Y el efecto dominó, inmediato. Miguel se queda sin mujer, sin casa (era de ella, claro), y sin hija, porque Coca le pide distancia para no confundir a la nena. Así es que, de un momento a otro, Miguel pasa de ser un padre de familia a ser un soltero de cuarenta y pico durmiendo en el sofá de su viejo.
Y su viejo, Horacio (75), no ayuda demasiado. Lejos de ser un padre contenedor, es un dandy incurable que vive de noche, se gasta la jubilación en joda y mete mujeres en la casa a cualquier hora. La convivencia es un desastre. Mientras Miguel quiere hacer el duelo en pijamas, Horacio le deja medias en el picaporte como señal para que le libere la zona cuando tiene citas.
En medio de ese caos, Miguel intenta no perder su único cable a tierra y mantener el vínculo con Justina, aunque sea en la clandestinidad. Lejos del radar de Coca, se encuentran en plazas, patios de comida y otros lugares que compartieron desde que ella era pequeña. Pero la verdad es que ahora, Justina parece más adulta que “Mike”. Ella es la que lo sacude, la que lo apura. La que le dice que deje de dar lástima y haga algo con su vida.
Y la oportunidad de hacer algo aparece, de la forma más ridícula. Una noche, una más de las que Horacio lo echa del departamento por una cita, Miguel se está comiendo un pancho en un banco de los lagos de Palermo cuando se cruza con Cami (43), una ex compañera del secundario que siempre le gustó. Ella pasa corriendo, divina, mientras él se está terminando de limpiar la mostaza de las comisuras. Miguel, avergonzado, esconde lo que le queda del pancho y miente para no ser menos: yo también soy runner.
Para sostener la mentira e intentar acercarse a ella, Miguel se anota en el grupo de entrenamiento de Cami. Se compra en cuotas las mejores zapatillas, un short quizás demasiado corto, y ahí va. Pero su plan fracasa rápidamente. No sólo porque lo recibe Coronel (28), un instructor emocionalmente inestable, sino porque Cami corre en el grupo de elite y Miguel no aguanta ni una vuelta a la manzana. Ella se le escapa y él termina relegado al fondo, con el “grupo C”, el de los lesionados, los viejos y los principiantes.
Ahí es cuando Miguel -y con él, nosotros- se da cuenta que no entró en la comedia romántica que se había imaginado, sino en una comedia de supervivencia. En una trinchera. Sus compañeros del fondo son un rejunte de tipos rotos: Tato (49), un divorciado algo primitivo, en guerra permanente con su ex y con el sexo opuesto, Pelo (45), un eterno adolescente que reparte su vida entre fiestas electrónicas y apps de citas, y Claudio (39) un ingeniero estresado y padre desbordado, que mide sus pulsaciones cada tres pasos. Runners que ni siquiera corren, que esperan que se dé vuelta el profe para caminar. Runners que, en esas rondas de elongación compartidas, más que flexibilidad muscular, buscan algo que se parezca a un sentido.
Sin quererlo, y definitivamente sin aire, Miguel encuentra en ese particular grupo el único lugar donde puede empezar a entender quién es y cómo quiere salir a jugar el segundo tiempo de su vida.
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